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Cientos de miles de palestinos despiden a Yaser Arafat en Ramala

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Cientos de miles de palestinos despiden a Yaser Arafat en Ramala

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Con cierto aire de superproducción cinematográfica, Yaser Arafat descendía del cielo a la tierra en Ramala a media tarde de este viernes, día santo musulmán, último del Ramadán. Cuando salió moribundo de su cuartel general hace catorce días en dirección a París prometió volver. Y ha vuelto, pero en un féretro escoltado por su círculo más íntimo de colaboradores y arropado por miles de palestinos, que le esperaban en tierra.

La multitud se arremolinaba en torno al helicóptero que transportaba los restos del Rais haciendo imposible su descenso. Las ráfagas de disparos escupidas a centenares por los Kalashnikov de los agentes de la seguridad palestina no conseguían dispersar a la multitud. Una multitud desbordada, que ha hecho añicos cualquier previsión, cualquier intento de organización para despedir al Rais en su último viaje a Palestina. Llevar el ataud que contenía los restos mortales de Arafat desde el helicóptero que los traía del Sinaí hasta la tumba improvisada en la Mukata fue una auténtica carrera de obstáculos. Tras varios intentos, el féretro, cubierto por la enseña palestina, descendía del aparato militar egipcio a hombros de un grupo de militares entre gritos y era colocado sobre el techo de un vehículo todoterreno que avanzaba a duras penas, casi a ciegas entre la muchedumbre, protegido por un puñado de miembros de los cuerpos de seguridad camino de la sepultura. En realidad, apenas unas decenas de metros. En la práctica, una eternidad. A las puertas del panteón, el ataud, ya sin bandera y de nuevo a hombros, descendía por fin a tierra. El miedo al caos total obligaba a acortar el programa. No habría posibilidad de rendir tributo al difunto, de cuerpo presente. Se tomaba la decisión de inhumarlo cuanto antes para evitar avalanchas. Los clérigos oficiaban una corta ceremonia funeraria. El ataud desaparecía de la vista de las cámaras y los presentes para ocupar su lugar en el mausoleo. Flanqueada por agentes de la seguridad palestina, la tumba se cubría de flores. En el centro, la kefía que inmortalizó el Rais. Arafat quería ser enterrado en la mezquita de Al-Aqsa, en la Explanada de las Mezquitas de Jerusalén. Israel no lo ha permitido. Pero los deseos del histórico combatiente de la causa palestina han sido satisfechos en parte. La tierra en la que sus restos han sido inhumados en la Mukata ha venido de la Ciudad Santa en sacos traídos por palestinos residentes en Jerusalén. Su descanso en Ramala, advierten sus próximos, es temporal. El día que se firme la paz entre palestinos e israelíes Arafat será trasladado a Jerusalén. Un deseo teñido de afirmación que reiteraba frente a las cámaras el ministro de Negociaciones de la ANP, Saeb Erekat. “Estoy destrozado- añadía Erekat – porque Arafat ha muerto pero la ocupación israelí no”. En vida no dejó indiferente a nadie. Tampoco en su adiós. Con él se acaba una era. Cincuenta años de lucha por un estado palestino independiente. El líder de la ANP ha muerto sin ver cumplido su sueño, pero sus más íntimos colaboradores han jurado hacerle ese regalo póstumo algún día.