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Ni atascos, ni explosivos, ni adevrtencias, nada detiene a los refugiados libaneses en su regreso

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Ni atascos, ni explosivos, ni adevrtencias, nada detiene a los refugiados libaneses en su regreso

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Ni siquiera las advertencias lanzadas por Israel contienen la riada humana que regresa a trancas y barrancas hacia sus hogares abandonados en el sur del Líbano. Convertidas en el medio de comunicación favorito del ejército hebreo con los civiles libaneses, las octavillas lanzadas hoy “prohíben” a la gente seguir su ruta, “por su propia seguridad”.

La atropellada vuelta de los civiles refugiados, que comenzó nada más decretarse el alto el fuego gestionado por Naciones Unidas ha atrapado en los atascos a los camiones de ayuda humanitaria que por fin conseguían empezar a moverse sin la amenaza de las bombas. Una vez más el jefe de la ONU para asuntos humanitarios, Jan Egeland, ha advertido de que la situación de los civiles es catastrófica.

Los ecos de victoria sobre el todopoderoso Tsahal y el alivio por el alto el fuego no apagan un cierto sentimiento de rabia: “Israel ha destruido nuestras casas”, decía una señora desde el coche, “ha matado a nuestros niños, nos ha forzado a huir… No, no hay paz. Israel no puede ser un amigo”, terminaba.

A la destrucción de barrios enteros, infraestructuras, y la falta de suministros básicos se suma el peligro de los proyectiles sin explotar trampas mortales que permanecen escondidos entre los escombros.

Una madre de familia sólo mujeres y un niño que ha conseguido llegar por fin a su aldea al sur de Tiro comentaba a las cámaras que allí ya no pueden vivir: “todo está destrozado menos ésta foto (de Hasán Nasralá, líder de Hizbulá). Muestra que nuestro pueblo es creyente, y fuerte”, una anécdota curiosa que sin embargo revela la confianza y el apoyo incondicional que profesan miles de libaneses al ominpresente Partido de Dios.