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Boris Yeltsin, o el hombre que ofreció a los rusos la libertad

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Boris Yeltsin, o el hombre que ofreció a los rusos la libertad

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Al menos, así lo describió su sucesor, en la presidencia de la Federación Rusa Vladimir Putin. Apartado de la vida política desde el 99, el papel del Zar en la historia es tan esencial como controvertido. Su vida arranca en los Urales, en el seno de una familia de campesinos. Boris Yeltsin es un auténtico producto del comunismo. Forjó su carrera en el aparato del partido, subiendo uno a uno los peldaños que le separaban de la cima del
Kremlin.

Fue un líder eficaz, luchador y ambicioso, pero tambien contestatario. En el 90 da la campanada al abandonar el Partido Comunista, pero no había dicho su última palabra. A Boris Yeltsin le hubiera gustado ser recordado como el hombre que encaramado a un tanque hizo fracasar el golpe de Estado de 1991.

Su elección democrática al frente de la presidencia rusa le sirvió en bandeja la oportunidad de vengarse de Gorbachov. En plena sesión parlamentaria, le dicta sus mandamientos. El fin anunciado de la Unión Soviética consuma su revancha. Occidente descubre el estilo Yeltsin, pero los tanques reaparecen en su vida, ésta vez para dar medida de su autoritarismo.

La represión de 1993 advierte a todos que al amo del Kremlin no le gusta que le lleven la contraria. Boris el demócrata envía las tropas de élite contra los diputados hostiles a las reformas. La operación se le va de las manos y termina con 150 muertos.

El viejo estilo zarista y soviético reaparece con crudeza cuando lanza la primera campaña militar contra Chechenia, en 1994. Una guerra caótica y sangrienta, que va a vapulear la popularidad de Yeltsin. Dos años de guerra y 40 mil muertos después, Moscú firma en 1996 un alto el fuego que suena a rendición del Ejército ruso.

Pero el zar del Kremlin tiene otra cara; El Yeltsin campechano que canta Kalinka, bebe más de un vaso de vodka y no oculta su gusto por las mujeres llega a establecer lazos de amistad y complicidad con algunos de sus interlocutores occidentales, en especial con Bill Clinton.

Con su popularidad en caída libre, y abandonado por sus socios liberales, Yeltsin sorprende una vez más al renovar su mandato con holgura en julio de 1996 gracias al apoyo de los nacionalistas. Resulta reelegido, pero es incapaz de gobernar. A la larga convalecencia después de una intervención cardiaca, en noviembre de ese mismo año, se suceden otras oficialmente debidas a resfriados.

Las dudas sobre su capacidad de cumplir con sus funciones presidenciales crecen, alimentadas por sus ausencias, titubeos y dificultades para hablar. El caos económico marca un segundo mandato salpicado también por el escándalo MABETEX, en el que aparece implicada la familia de Yelstin y que revela a los rusos la extensión de la corrupción en el Kremlin. MABETEX hunde definitivamente la imagen pública del presidente ruso.

Cansado y aislado políticamente, el zar vuelve a dar una lección de habilidad política cuando negocia su inmunidad judicial a cambio de la abdicación: Nombrado en agosto primer ministro, Vadlimir Putin se convierte entonces el salvador que va a blindar el retiro de Boris Nicolaevich Yeltsin.