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Luces y sombras de la era Yeltsin

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Luces y sombras de la era Yeltsin

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La gestión de Boris Yeltsin al frente del gobierno ruso pasará a la historia como una terapia de choque; para lo bueno y para lo malo. Las reformas democráticas que llevó a cabo durante su mandato son innegables, como sostienen sus incondicionales, aunque las consecuencias negativas que tuvo su paso por el Kremlin tampoco pueden pasarse por alto. “Mucha gente recordara a Yeltsin por el caos de los años noventa decía el analista Pavel Felgenhauer. Por la crisis económica, la inflación, la pobreza y el nacimiento de los oligarcas que hicieron pedazos Rusia”

Tras derribar a Gorbachov del poder, Yeltsin instaura la economía de mercado. Una decisión que Washington y el Fondo Monetario Internacional aplauden sin reservas, aunque Rusia no está preparada para ese proyecto. La esfera empresarial es muy reducida, el capital escasea y el marco jurídico no responde a las nuevas necesidades.

Todo ello favorece la aparición de un poderoso grupo de empresarios y políticos, como Boris Berezovski, Antoli Tchoubais o Mijail Jodorkovski. Oligarcas que amasan grandes fortunas en muy poco tiempo y que adquieren un poder similar al del presidente en muchos casos. Sin ellos, Yeltsin está perdido.

De hecho, en una entrevista concedida al Financial Times en 1996, Berezovski confirma lo que muchos ya sospechaban, que un grupo de siete banqueros ha garantizado la reelección del jefe del Estado y que, además, ese lobby controla la mitad de la economía rusa. Entre tanto, la población se ha quedado en la miseria.

La crisis económica del 98 marca el inicio del declive de Yeltsin. El Kremlin se ve forzado a devaluar el rublo y suspender el pago de algunas deudas. Y el pánico se extiende como la pólvora entre la población y los empresarios occidentales. Los rumores sobre la incapacidad de Yeltsin para gobernar se hacen cada vez más frecuentes. Y llega incluso a insinuarse que su hija Tatiana mueve las cuerdas del poder dirigida por Berezovski.

Los allegados del presidente comienzan entonces a buscar un sucesor, alguien capaz de preservar el equilibrio sin perjudicar los intereses del clan. Finalmente, en vísperas del año 2000, Yeltsin abdica en favor de Vladimir Putin, asegurándose antes de que éste firme un decreto para otorgarle inmunidad absoluta, tanto a él como a su familia.