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Oriente Próximo: la asignatura pendiente de Bush

La lista de quienes creen que israelíes y palestinos firmarán un acuerdo de paz antes del final del mandato de Bush está tan vacía como estos puestos de control entre el Estado hebreo y los territorios.

Por un lado hay un embrión de Estado dividido entre Cisjordania y Gaza. La franja, en manos de los extremistas de Hamas, malvive asfixiada por el bloqueo israelí. Por otro un Estado que continua sus programas de ampliación de colonias dirigido por un primer ministro fragilizado por un escándalo de corrupción.

Difícil aseguran los analistas recordar un momento menos propicio para un proceso de paz.

Complicado también recuperar en pocos meses siete años de inactividad. La visita a la región el pasado enero fue la primera de George Bush desde su llegada al poder.

Una ausencia aun más llamativa tras los esfuerzos permanentes de su predecesor, Bill Clinton.

A Bush le habría gustado legar a la posteridad una imagen tan potente como la de Oslo. Pero las esperanzas surgidas en 2007 por la reanudación tardía pero efectiva del proceso de paz en Annapolis han muerto en cuestión de meses.

Las partes se comprometieron entonces a negociar para alcanzar un acuerdo de paz y la creación de un Estado palestino, pero la fragmentación en el campo palestino complica la aceptación de las concesiones necesarias para llegar a un acuerdo.

Frente a este callejón sin salida, el Líbano y la instalación de un gobierno pro-occidental tras la liberación del país del yugo sirio era el estandarte del éxito de los estadounidenses en la región. Pero tampoco en el país del cedro han funcionado las cosas.

Ayer, George Bush hablaba en estos términos de Fuad Siniora, con quien se reunirá en Egipto:

“El mundo árabe le tiene que apoyar con más firmeza, y tiene que dejar claro a sirios e iraníes que deben dejar que este buen hombre gobierne su país sin injerencias”

Para muchos analistas, el maniqueísmo del que Bush ha hecho gala en Oriente Próximo, excluyendo de toda tentativa negociadora a Hamas y a Hezbola, sólo ha empeorado las cosas.

La mejor prueba, sostienen, es la empantanada guerra iraquí; el símbolo más negativo de la presidencia que Bush habría querido contrarrestar con un éxito histórico en Oriente Próximo.

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