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Afganistán, la reconstrucción pendiente

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Afganistán, la reconstrucción pendiente

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Siete años después de la caída del régimen de los Talibán, Afganistán presenta un nuevo panorama lleno de claroscuros. La capital, Kabúl, fácilmente accesible para las organizaciones humanitarias, se beneficia de inversiones desproporcionadas con respecto a otras regiones. Sus centros comerciales y sus tiendas bien surtidas dan una imagen engañosa.

En la periferia de la ciudad se han instalado decenas de miles de habitantes de las zonas rurales en campamentos improvisados sin agua ni luz. Sin embargo, desde 2001 la situación ha mejorado sustancialmente según los organismos en el terreno. Se han celebrado elecciones y el país ha adoptado su primera Constitución en 30 años. Del millón de menores escolarizados en 2001 se ha pasado a casi seis millones, entre ellos un 35 % de niñas. Actualmente, el 82% de la población tiene acceso a la sanidad. Se han restaurado 12.000 kilómetros de carreteras y 5 millones de refugiados han vuelto al país.

La otra cara de la moneda es que sólo el 50% de los niños están escolarizados. Del 70 al 80% de los matrimonios son forzados y la esperanza de vida no sobrepasa los 43 años. Además, la economía sigue dependiendo de la droga. El 93% del opio mundial se produce en el país

El 70% de las ayudas internacionales no pasan por el Gobierno, lo que hace que no se distribuyan de manera equitativa. Las provincias de Ghazni o Wardak, que están entre las más pobres e inestables del país, son dos de las grandes olvidadas.

Los analistas coinciden en que si Afganistán quiere levantar cabeza tendrá que implantar instituciones fuertes que tomen el relevo de la ayuda internacional, cuya eficacia está hoy más que nunca en tela de juicio.

De los 25.000 millones prometidos en 2001, sólo se han gastado 15.000 millones. Pero de cada cien dólares invertidos, los afganos sólo perciben 30. Del 15 al 30% de las ayudas se destinan a la seguridad de las organizaciones humanitarias.

70 000 soldados extranjeros están basados actualmente en Afganistán, en una guerra que parece lejana y turbia para la opinión pública occidental. También su presencia implica un coste que se deduce del presupuesto destinado al país.