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Bélgica, la crisis de nunca acabar

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Bélgica, la crisis de nunca acabar

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El pasado día 20 de marzo el democristiano flamenco, Ives Leterme, juraba el cargo de primer ministro, nueve meses después de ganar las elecciones. Los principales partidos flamencos y francófonos se daban una oportunidad pactando una mini reforma del Estado. Pero la supervivencia del Gobierno de coalición tenía fecha de caducidad: mediados de julio.

Veámos el principal motivo de disputa. La escisión del distrito electoral bilingüe de Bruselas-Halle-Vilvoorde. Situado en la región de Flandes tiene una mayoría de población francófona, formada por
120.000 personas. Con la escisión que pretenden los partidos flamencos, sus electores no podrían votar por los partidos francófonos; un derecho adquirido hace más de cuatro décadas.

Parlamento belga. Noche del ocho al nueve de mayo. La mayoría flamenca logra introducir en el orden del día el debate del proyecto de ley para la escisión. Pero los francófonos evitan la discusión con sus enmiendas.

Parlamento regional de Valonia. Un día después. Se vota un recurso de constitucionalidad que aplaza el debate de la escisión durante cuatro meses. Forma parte de las medidas para transferir mayor poder a las regiones. Medidas que debían negociarse antes del quince de julio; aunque nadie parecía dispuesto a ceder.

“El voto de esta noche es el voto de los diputados flamencos divididos entre el anhelo de la escisión y el deseo más malévolo y más cínico de conservar Bélgica para explotarla para el provecho único de Flandes. Y ha llegado el momento de acabar con esto”, decía Anne Sylvie Mouzon, portavoz de los socialistas francófonos en el Parlamento valón.

Bélgica no vive, ni mucho menos, su primera crisis, pero el agujero que separa a flamencos y valones nunca fue tan negro. El país parece dirigirse hacía un Estado federal sin espíritu o hacía una simple confederación.