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Sudáfrica sigue escribiendo su futuro

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Sudáfrica sigue escribiendo su futuro

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Nelson Mandela tiene ya un lugar en los libros de historia. El diez de mayo de 1994 juraba el cargo como primer presidente negro de Sudáfrica. Todo un viejo sueño hecho realidad por millones de sus compatriotas.

Reconciliar: es la palabra que define su mandato, y además, curar las heridas profundas del apartheid, pasar la página del racismo y poner a su país rumbo al futuro.

“Icono del perdón, un gigante moral, alguien imposible de suceder”, dijo el entonces arzobispo anglicano de Ciudad del Cabo, Desmond Tutu.

Todo un desafío para su sucesor, Tabo Mbeki, que accedió a la presidencia en 1999, tras la renuncia voluntaria de Mandela; un gesto poco frecuente, todavía ejemplar.

Tras nueve años en el poder, Mbeki, recuerda las aportaciones de su predecesor: “Construir una sociedad multiracial, responder a las necesidades de los pobres, y volver a poner a Sudáfrica en el mapa del mundo”.

Sin embargo, la nación “arcoiris” prometida por Mandela todavía está en camino. Sudáfrica es la potencia económica del continente pero, aún hoy, el 40 por ciento de su población vive por debajo del umbral de la pobreza.

La criminalidad, una de las más elevadas del mundo, se ceba con los más débiles: unos 1.500 niños han sido asesinados y 16.000 han sufrido abusos sexuales en un año.

Los pequeños son también las víctimas de la epidemia de Sida que afecta a cinco millones y medio de sudafricanos, y que ha dejado un millón de huérfanos.

Sin olvidar los recientes brotes de xenofobia que han provocado más de sesenta muertos y miles de personas sin hogar.

Una muestra más de las tensiones que vive un país que se debate, entre los que se van, renunciando a los sueños rotos, y otros, todavía más pobres, que llegan en busca de una vida mejor.