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Alemania: la Constitución que no quería llamarse así

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Alemania: la Constitución que no quería llamarse así

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La derrota de la Segunda Guerra Mundial deja a Alemania de rodillas: el país está en ruinas y moralmente hundido por la verguenza de los crímenes nazis.

Dividida por las potencias aliadas en zonas de ocupación militares, bajo tutela, los vencedores van a hacer todo para impedir el resurgir del expansionismo totalitarista alemán. Con esa preocupación en mente se redactó la Ley Fundamental de la República Federal que vio la luz el 23 de mayo de 1949 en Bonn, la nueva capital, y que no se llamó Constitución para subrayar su vocación provisional. Democracia parlamentaria, el Bundestag celebra su sesión constituyente en septiembre del 49. Los partidos políticos son el núcleo del sistema. Entran en el Parlamento con una representación del 5%, una garantía de estabilidad. El cristiano demócrata Konrad Adenauer se convierte en el primer canciller de la RFA. Será también el canciller del famoso milagro económico alemán. Bajo el impulso del Plan Marshall, la industria de la Alemania occidental se pone en marcha. En la década de los 50 los alemanes no han olvidado las privaciones y la hambruna, pero esos años están ya atrás. El símbolo de la nueva prosperidad es el famoso Volswagen “Käfer”. En el 55 ya se habían vendido un millón de “escarabajos”. Tras la reunificación de las dos Alemanias que sigue a la caída del muro, Berlín vuelve a ser la capital, pero la ley Fundamental, adoptada en Bonn para ser transitoiria, se convierte también en la de la Alemania reunificada. Un triunfo para una Constitución que nunca quiso llamarse así. Según Manfred Goertemaker, profesor de historia moderna, el balance es positivo: “La historia de la Constitución y la de Alemania son globalmente exitosas. Se logró una estabilidad que nadie se hubiera atrevido a imaginar al principio” Sin embargo, desde hace un tiempo el modelo politico-económico alemán atraviesa dificultades. El Bundestag resultante de las últimas legislativas ha mostrado el declive de los dos grandes partidos y el auge de tres pequeñas formaciones. A la dificultad de gobernar con una gran coalición, se suma la actual recesión, la peor desde el nacimiento de la Ley Fundamental.