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Revolución rumana: recuerdo a las manifestaciones de 1989 en Timisoara

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Revolución rumana: recuerdo a las manifestaciones de 1989 en Timisoara

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Año 1989, 29 de diciembre.

Una oleada de gritos exigiendo “libertad” emergía de la plaza Opera, en la ciudad rumana de Timisoara. Desde entonces, el régimen comunista de Nicolae Ceausescu tenía los días contados. El pueblo pedía su dimisión y reclamaba unas elecciones libres y justas.

Los militares se unieron en favor de la democracia y Timisoara fue proclamada primera ciudad libre en Rumanía. Hoy, 20 años después, la memoria de ese tiempo histórico, es preservada en el Museo de la Revolución.

Su presidente, Traian Orban, así lo recuerda:

“ Para nosotros fue algo extraordinario el poder estar juntos y clamar “libertad”. Juntos nos sentíamos más protegidos, podíamos apoyarnos mutuamente. Además, también estaba el ejército.”

Orban tiene que llevar a cabo una dura tarea: que permanezca en el recuerdo de todos la violencia de aquellos tiempos. Él mismo sufrió heridas de bala en una pierna después de que las fuerzas de seguridad del régimen abrieran fuego contra la multitud.

Fue el final de la era de Ceausescu, el hombre que junto a su esposa Elena, había regido los designios de Rumanía durante cerca de un cuarto de siglo.

En Timisoara, este monumento brinde homenaje a aquéllos que perdieron sus vidas el 17 de diciembre. Maria Andrei murió de un disparo aquí, en el puente de Decebal. Su cuerpo fue incinerado para que fuera imposible su identificación. Un día imborrable para Camelia Andrei, hermana de una de las víctimas:

“Era 5 de enero. Mis padres, que entonces no vivían en Timisoara, vinieron a la ciudad porque les dijeron que aquí podrían recoger el certificado de defunción de mi hermana. Un día después lo consiguieron, precisamente cuando yo estaba dando a luz. Es parte de la ironía”.

La hija de otra víctima, Geanina Juganuru, tenía sólo 10 años cuando el cuerpo sin vida de su padre era devuelto a casa. Ella conoce al que sigue considerando responsable de su muerte a pesar de ser absuelto, un antíguo general del ejército:

“ Corría el riesgo de que él pudiera ser uno de mis profesores, que enseñara en alguna de las clases a las que yo tenía que asistir. Era algo impensable para mí. Obviamente, me negué a que fuese mi profesor, y mis compañeros de clase, en solidaridad hacia mí, me dijeron que también ellos se resistirían a tenerlo como profesor”.

20 años después de los sangrientos sucesos, las víctimas aún esperan justicia.