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La megaciudad y el cielo

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La megaciudad y el cielo

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El tráfico no da tregua al centro de París. Los Campos Elíseos, quizá la avenida más famosa del mundo, está abarrotada en plena hora punta. Casi todos los expertos están de acuerdo: el tráfico es la principal causa de contaminación de la capital francesa. Uno de cada cinco franceses vive en la región de París.

El coordinador del Proyecto Metropoli, Alexander Baklanov, explica que “más de 20 ciudades ya tienen una población superior a 10 millones, y en el futuro van a ser más”.

Y París es una de esas veinte llamadas “megaciudades”.

La Ciudad de la Luz es el centro de un proyecto de investigación de la Unión Europea que busca conocer el impacto en la atmósfera y en el clima, de la contaminación que se eleva desde las calles.

Matthias Beekman es director de investigación del Centro Nacional de la Investigación Científica (CNRS, Centre National de la Recherche Scientifique): “Queremos conocer la evolución de la contaminación, no sólo a nivel de aglomeración urbana, sino también desde un punto de vista más amplio. Lo que nos interesa es el impacto de las emisiones, o de la polución, de una aglomeración en el conjunto del continente, y también a escala global”.

Y para entender estos efectos de la contaminación urbana, lo primero es salir de la ciudad. “Mientras viajamos con nuestro laboratorio móvil”, nos explica Frank Drewnick, Físico del Instituto de investigación Max Planck, “analizamos la composición del aire, las partículas y los gases que contiene”.

En este campo, en el noreste de la capital francesa, Drewnick mide la contaminación que llega a París desde otras partes de Europa.

El equipo necesita un punto aislado, e incluso aparcar su vagón-generador a 100 metros de distancia para evitar que se cuelen partículas del motor.

Aquí pueden obtener una nítida lectura de las partículas y los gases que llegan desde lejos.

“Las partículas vienen de los países del Benelux, que son la fuente de contaminación más cercana”, comenta Drewnick, “pero una gran parte llega desde Europa del Este. Allí, muchas centrales térmicas lanzan al aire grandes cantidades de óxido de azufre”.

Volvemos a la ciudad. El proyecto sigue adelante a toda vela.

Matthias Beekmann y el coordinador del proyecto Alexander Baklanov participan en una sesión de contraste de datos. Comparan las últimas cifras con los datos de contaminación obtenidos el pasado verano a lo largo de un mes. Los instrumentos en el tejado de un laboratorio en el centro de París, trabajan 24 horas al día, localizando las trazas de los llamados aerosoles orgánicos.

“El aerosol es polvo, partículas diminutas que flotan en el aire y que el hombre puede respirar. De ahí que sea malo para la salud. Lo orgánico es una parte de este aerosol que está compuesto de elementos químicos: carbono, oxígeno e hidrógeno”, expone Matthias Beekman.

Un equipo irlandés se ha unido a esta gran campaña de trabajo de campo, de un mes de duración. Con su espectrómetro pueden identificar las partículas contaminantes de los coches, sistemas de calefacción y chimeneas.

Cuando sopla un fuerte viento del oeste, llegan a localizar partículas de sal marina del Atlántico.

Su investigación es de ámbito muy local, y los cambios en la calidad del aire reflejan el ritmo de la vida cotidiana. El investigador del University College de Cork Robert Healy nos lo explica: “El momento más limpio es entre las 3 y las 4 de la madrugada, porque no hay mucha actividad. La gente no se desplaza. A las 7 de la mañana se observa un pico, es la hora punta. A media tarde el nivel baja y vuelve a haber otro pico, entre las 5 y las 6”.

Las partículas y los gases emitidos por coches o fábricas se quedan en el aire. Algunos, durante unos días. Otros… cientos de años. Y su impacto puede percibirse más allá de su entorno más cercano.

“Una partícula emitida por un coche, por ejemplo, puede introducirse verticalmente en la atmósfera, en el aire que la rodea, y subir hasta cientos de metros, incluso un kilómetro, en función de la estación. Esta mezcla es más fuerte en verano que en invierno. Y después, puede recorrer decenas, miles de kilómetros”, dice Beekmann.

El experto en clima Bill Collins, de la oficina del Servicio meteorológico británico en el sudoeste de Inglaterra, analiza cómo afectan las megaciudades a la calidad del aire y al clima, a nivel global. La contaminación que él estudia no respeta fronteras. Y puede ser transportada a enormes distancias: “Aquí tenemos un gráfico de los niveles globales de contaminación de este compuesto particular, llamado ozono. Y se ve cómo los sistemas meteorológicos lo transportan alrededor del mundo”. Como muestra, un ejemplo gráfico: “Combinando tres megaciudades: Nueva York, Washington y Boston, observamos una enorme y preciosa mancha roja (bueno, preciosa no para la gente que la sufre, evidentemente), que se traslada a través del Atlántico gracias a los fuertes vientos del oeste que son frecuentes en el Atlántico norte. Esto afecta al Reino Unido y Europa Occidental”.

Mientras que el ozono tiene consecuencias negativas para la salud de seres humanos y plantas, otros tipos de contaminación de las megaciudades puede influir en el clima.

“Este impacto tiene dos aspectos”, explica Collins, “Uno es el efecto invernadero. Todos conocemos que el dióxido de carbono permanece durante décadas en la atmósfera. Así que la contaminación que genera tu coche permanecerá y afectará al clima, a largo plazo”. Y añade: “Algo que me interesa más son los componentes reactivos de vida corta. Uno de ellos es el óxido de azufre, que reacciona en la atmósfera con bastante rapidez. Crea lo que podemos llamar aerosoles de azufre, que son básicamente partículas blancas brillantes que reflejan la luz el sol, así que refrescan el planeta, refrescan la atmósfera”.

Su objetivo ahora es averiguar hasta qué punto ese efecto refrescante contrarresta el calentamiento provocado por el CO2 a corto plazo. Mientras la contaminación urbana se ha estudiado durante décadas, el intento de cuantificar y esquematizar cómo interactúan con el clima esos gases y partículas, es una meta reciente y ambiciosa.

Hablamos de nuevo con Baklanov, quien nos explica que “Desde el punto de vista científico, el ámbito de la investigación, y el ámbito de todos estos procesos que analizamos es bastante amplio, y éste es probablemente uno de los aspectos únicos de este proyecto, que por primera vez intentamos estudiar los procesos, empezando por la calle, para avanzar hasta el ámbito de la megaciudad y desde ahí, al ámbito regional y conocer los cambios a escala global”.

Con su actual nivel de población, las 34 mayores ciudades del mundo, por sí solas, pueden elevar un cuarto de grado centígrado la temperatura del planeta para el año 2100.

megapoli.dmi.dk