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En julio pasado, tras meses de negociaciones entre rusos y estadounidenses, los presidentes de ambos países firman, en Moscú, un acuerdo preliminar para reducir los dos principales arsenales nucleares del planeta, una prioridad de Barack Obama y de Dimitri Medvedev.

El objetivo: buscarle un sucesor al Tratado de Reducción de Armas Estratégicas, START, firmado en 1991 entre Bush padre y Gorbatchov, que expiró en diciembre pasado.

A partir de aquel pacto cada potencia autolimitó, considerablemente, el número de misiles nucleares. De las 10.000 ojivas iniciales que poseía cada una se ha pasado a las 2.200 que Estados Unidos asegura tener, y las 2.800 que Rusia estima poseer.

Las dos partes han acordado reducir el número de ojivas a entre 1.500 y 1.675 cada una.

Pero el diálogo se ha estancado durante los últimos meses debido a las preocupaciones de Rusia por los planes estadounidenses de establecer un sistema anti misiles en el este de Europa. Moscú desea que forme parte del acuerdo, mientras que Washington quiere que se negocie separadamente.

Obama se echó atrás el pasado mes de julio y lo reemplazó por un proyecto menos ambicioso radicado en Rumanía y Bulgaria, una concesión insuficiente para Moscú que no tolera este tipo de injerencias en su zona de influencia.

Este pulso fragiliza el proyecto de Obama para acelerar el desarme nuclear en el mundo que, con tanto brío, desgranó el pasado mes de septiembre durante una sesión histórica en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Dando ejemplo, Washington y Moscú debían convencer a los países miembros del Tratado de No Proliferación a que redujesen sus arsenales, y al mismo tiempo presionar a los no firmantes.

Otros desacuerdos sobre cómo contar y verificar las ojivas nucleares minan las ambiciones estadounidenses.

Rusia no tiene prisa. La Duma ha advertido de que no ratificará ningún texto mientras Estados Unidos no ceda sobre su escudo antimisiles.