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Quinto aniversario de la muerte de Juan Pablo II

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Quinto aniversario de la muerte de Juan Pablo II

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Hace hoy cinco años, la Iglesia católica estaba sumida en un profundo duelo. Juan Pablo segundo, el Papa con el tercer pontificado más largo de la historia, había fallecido y con él acababa una época. La que hoy se conoce como generación de Juan Pablo II lloraba su fallecimiento. Era el adiós a un Papa querido por sus fieles que consiguió imponerse como uno de los líderes no sólo religiosos, también políticos, más influyentes del siglo XX.

La elección de su sucesor, Benedicto 16, levantó suspicacias entre los católicos progresistas. Cinco años más tarde, el escándalo provocado por los múltiples casos de curas pederastas cuyos crímenes fueron silenciados durante décadas ha sumido al Vaticano en una crisis sin precedentes.
“Sí que creo que todos estos escándalos pueden dañar la imágen de la Iglesia y del Papa, pero no sólo de Benedicto XVI, también de Juan Pablo II”, dice una italiana a los pies del Vaticano.

“Yo creo que no, que será Benedicto XVI quien pague por todo esto, pero no Juan Pablo II”, asegura una turista española.

Durante los años en los que se produjeron las agresiones sexuales a menores que están saliendo a la luz, era Juan Pablo II quien estaba a la cabeza de la Iglesia. El indiscutible carisma y la popularidad del “papa viajero”, su apuesta por la reconciliación interreligiosa y su papel activo en la caída del comunismo le dieron una relevancia política y una visibilidad internacional de primer rango.

Un estilo muy diferente al de Benedicto XVI, para quien el juego diplomático es secundario. El suyo es un pontificado centrado en las cuestiones teológicas. Y en lo que respecta a los fundamentos de la fe, uno y otro han compartido convicciones. Su línea, es la de la continuidad.

No en vano fue el propio Juan Pablo II quien le nombró en 1981 prefecto de la doctrina para la fe. Y el discurso de la curia vaticana respecto a los grandes asuntos sociales, homosexualidad o aborto, entre otros, se mantiene con los años.

Pero lo que se le perdonaba a uno, se le critica al otro, y quizá se trate otra vez de una cuestión de estilo. El de Benedicto XVI se ha considerado a menudo demasiado rígido, autoritario, incluso torpe, como cuando rechaza el preservativo porque, según él, agravaría el contagio de sida en lugar de frenarlo.

Los tiempos no son los mismos, el calado de las dos personalidades tampoco. Y aunque las comparaciones son odiosas, todo apunta a que Benedicto XVI pagará más caro que su predecesor los errores pasados de la Iglesia.