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Gordon Brown, mucha economía pero poco carisma

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Gordon Brown, mucha economía pero poco carisma

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Tiene muy mal carácter, dicen algunos. Otros aplauden su rigor. Él mismo lamenta su timidez.

James Gordon Brown es un hombre en la sombra que soñaba con la luz.

Gordon Brown es uno de los principales responsables del Nuevo Laborismo. Fue Ministro de finanzas de 1997 a 2007 de un Tony Blair carismático, encantador, y votado por los británicos.
Brown mantuvo con él una relación ambigua. Y desde su llegada al diez de Downing Street ha intentado librarse de su sombra alargada.

Nació en Escocia en 1951.
Joven superdotado, entra en la universidad dos años antes de lo normal.

En esa época un pelotazo en un partido de rugby le provoca un desprendimiento de retina por el que pierde la vista en el ojo izquierdo.

La vida le deparará más momentos difíciles. En 2002, muere su primer hijo a los pocos días de nacer. El tercero sufre fibrosis quística.

Tras unos primeros pasos como periodista de televisión, Gordon Brown pone su inteligencia al servicio de la política. Entra en la cámara de los comunes en 1983. Sus años de ministro coinciden con los de mayor expansión de la economía británica. De 1997 a 2006, el crecimiento en este campo fue superior al de la media europea y el paro dos puntos y medio más bajo.
Aumenta el gasto público en sanidad y educación.

Durante la crisis financiera, siendo ya primer ministro, Brown toma partido por una intervención pública masiva: nacionaliza importantes bancos, como el Northern Rock. Varios países europeos se inspiraron en su receta a la hora de elaborar los planes de relanzamiento económico.

Este doctor en Historia cuenta, pues, con una gran experiencia económica de la que los otros candidatos carecen.

Tras la renuncia de Tony Blair, Brown le sustituye sin elecciones de por medio.Su mandato al frente del Gobierno empieza con mal pie. Dos días después de su nombramiento, en junio de 2007, se descubren dos coches bomba en el centro de Londres y un intento de atentado contra el aeropuerto de Glasgow.
Hereda la política de su antecesor: entre otros asuntos, la patata caliente de Irak.

En sus tres años de mandato no solo tiene que hacer frente a una gravísima crisis económica mundial; también se ve obligado a apagar los fuegos provocados por los diputados de su propio partido. Desde notas de gastos fraudulentas a pagos por servicios a grupos de presión.

A su lucha contra los elementos hay que añadir la metedura de pata con una jubilada a la que llamó “carcamal” a micrófono abierto en plena campaña.

Se le había dado varias veces por políticamente muerto. Tras el seis de mayo descubrirá si le queda más vida como primer ministro.