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OGM: Europa, dividida

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OGM: Europa, dividida

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¿Maravilla de la biotecnología o bomba de efecto retardado? Desde que los Organismos Genéticamente Modificados aparecieron en los noventa, la mera mención de su acrónimo levanta pasiones. Las semillas se modifican, ante todo, para hacerlas más resistentes a un herbicida o a un tipo de insecto.

En la Unión Europea está autorizada la venta de una treintena de variedades transgénicas de algodón, maíz, colza, soja, remolacha y patatas. Pero sólo se pueden cultuvar dos: el maiz MON810 de Monsanto, concebido para resistir a insectos devastadores y destinado a la alimentación del ganado; y la patata AMFLORA de BASF, especialmente rica en almidón y diseñada para ser empleada por la industria papelera.

Estos dos productos son blanco de quienes se oponen a los OGM o dudan sobre su inocuidad. Asi las cosas, varios países han optado por claúsulas de salvaguardia o han prohibido estos cultivos por decreto.

Finalmente, sólo seis Estados miembros cultivan el MON 810: España, con más de stenta y seis mil hectáreas, se sitúa muy por delante de los demás. La patata Amflora, autorizada en marzo de este año se cultiva en tres pequeñas parcelas en la República Checa, Suecia y Alemania.

La biotecnologia es antetodo una apuesta financiera colosal. El mercado lo dominan actualmente seis empresas: tres estadounidenses, dos alemanas y una suiza. Las semillas transgénicas representan a nivel mundial diez mil quinientos millones de dólares y el treinta por ciento del total de simientes comercializadas.

En 2006, la Organización Mundial del Comercio reprendió a la Unión Europea porque no conseguía poner orden en sus filas. Bruselas ha decidido admitir, de una vez por todas, las diferencias entre países miembros. Aunque de este modo da pie a un diluvio de litigios y quizás, a una revisión de la legislación europea sobre los transgénicos.