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Conversaciones de paz: 17 años de parálisis crónica

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Conversaciones de paz: 17 años de parálisis crónica

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Diecisiete años después de los Acuerdos de paz de Oslo, el proceso palestino israelí sigue en punto muerto.

Han sido casi dos décadas jalonadas de cumbres, mediaciones y tentativas de todo tipo encaminadas a resucitar las negociaciones. A lo largo de los años han cambiado los protagonistas, pero persisten los mismos obstáculos de fondo. La parálisis del proceso se ha hecho crónica.

En primer plano, la cuestión de las colonias judías. Un asunto ultra sensible y determinante: para los palestinos la prolongación más allá del 26 de septiembre de la moratoria que impuso el gabinete Netanyahu sobre la construcción de nuevos asentamientos es una condición sine qua non para senatarse a negociar.

Es un problema inmediato pero también a largo plazo porque toca a la esencia misma del futuro Estado palestino y de sus fronteras.

La Autoridad Palestina quiere fundar ese futuro Estado tomando como base las fronteras de 1967, incluido Jerusalén Este, como estipulan las resoluciones de la ONU.

En un principio exigían la retirada israelí de todas las colonias, pero en sucesivos tira y afloja han adelantado una concesión: algunos asentamientos podrían quedarse a condición de que se produzca un intercambio de territorios.

Pero con la construcción del muro que engloba numerosos asentamientos ilegales, Israel se ha anexionado el 40% del territorio cisjordano y excluye categóricamente una vuelta a las fronteras de 1967. Su objetivo es legalizar la mayor parte de esas colonias.

El segundo obstáculo de peso es Jerusalén, concretamente la parte Este. Desde que Israel se la arrebató a Jordania en el 67, los palestinos no dejan de denunciar la ocupación de la ciudad, de la que quieren hacer la capital de su futuro Estado.

Los israelíes sostienen sin embargo que la contienda del 67 permitió la reunificación de la Ciudad Santa que consideran como su capital única e indivisible.

Principalmente hacen hincapié en mantener el control del caso antiguo, que alberga algunos de los principales lugares santos del Islam, del judaismo y del cristianismo.

Tan controvertida como la cuestión de la tierra es la del acceso agua, crucial para la supervivencia de un Estado.

Israel controla el 80% del agua subterránea de Cisjordania tras la desviación del Jordán hacia el Negev.Los palestinos que no pueden construir pozos exigen un reparto más equitativo.

El último obstáculo es la cuestión de los refugiados: cuatro millones de palestinos, la mayoría descendientes de los 700.000 que huyeron o fueron expulsados de sus tierras tras la creación del Estado de israel y que viven en los países vecinos.

La autoridad Palestina exige el derecho al retorno. Pero para Israel supondría un desequilibrio demográfico potencialmente fatal para el carácter judío del Estado.

Difícil negociar cuando las partes topan una y otra vez con posiciones casi inamovibles y condicionadas por los extremistas de ambos campos, que considerarán cada eventual concesión como una derrota frente al enemigo.