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La difícil lucha contra la ablación en Mali

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La difícil lucha contra la ablación en Mali

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En el pueblo de Badugu Djoliba, cerca de Bamako, la capital de Mali, una asociación reúne a las mujeres del lugar. Kadi Traoré intenta converncerlas….de que no mutilen a sus hijas.

La mutilación genital femenina es aquí una tradición. Mali cuenta con una de las tasas de ablación más elevadas de la región: la sufren en torno al 85% de las niñas. En algunas zonas, hasta el 98%.

El tema es tabú.

“Intentamos sensibilizar a las mujeres para cambiar, incluso erradicar la práctica de la ablación”, cuenta Kadi Traoré, de Cofesfa (Coopération des Femmes pour la Santé et l’Education Familiale). Es verdad que es un problema delicado porque en nuestro país el sexo es tabú. Vivimos en una sociedad en la que la decisión corresponde a la comunidad. Esta está formada por abuelos, madre, padre, tías, primos. Las niñas no son propiedad ni de su padre ni de su madre, sino de la comunidad. Todas las decisiones que les conciernen son tomadas por la comunidad”.

La lengua local relaciona la ablación con la religión. Muchas mujeres están convencidas de sus efectos beneficiosos.

“Algunas dicen que sirve para reducir el apetito sexual de la mujer, continúa Taoré. “Otras piensan que la hace más bella. Otras incluso aseguran que facilita el parto. En bambara Ablación se dice “Seligili”, que significa “purificación para ser apto para rezar”.

El doctor Touré también ha escuchado de todo. Él se enfrenta a diario con las consecuencias: hemorragias que pueden ser mortales, dolores durante las relaciones sexuales, infecciones que provocan esterilidad o desgarros en el parto. Hay cuatro tipos de ablación según el grado de mutilación.

“En el momento del parto el aparato genital pierde su elasticidad como consecuencia de la cicatriz producida hace diez, quince o veinte años”, explica el doctor Moustapha Touré. “Cuando la cabeza del bebé se dispone a salir es bloqueada porque el conducto fue cerrado por algunos tipos de ablación. La cabeza no puede salir. El niño puede sufrir. El niño muere y a veces la mujer sufre desgarros en todos sus órganos genitales. Las hemorragias pueden provocar su muerte”.

La ablación es legal en Mali, pero se prohíbe su práctica a los profesionales de la medicina. El rito es realizado por mujeres sin ninguna formación. En el suelo, en el baño o incluso sobre la maleza, encima de un trozo de plástico o de un mantel viejo. El corte es realizado sin anestesia. A menudo, con cuchillas ya utilizadas en anteriores ablaciones.

“Durante la ablación se sujeta a la niña con brazos firmes. Porque ella se agita…El instrumento puede herir los órganos cercanos al que se quiere cortar”.

Bafla Sinaba realiza ablaciones, su madre también lo hacía. Asegura que es el trabajo de su etnia. No sabe cuántos años tiene, cree que entre setenta y ochenta.

Bafla se dedica a esto desde hace cuarenta años. Dice que mutila a unas cincuenta niñas al año.

“Antes se hacía a adolescentes. Tras la ablación volvían con sus maridos. Ahora se practica a niñas de dos a diez años, en el baño o en la maleza”.

Bafla nos habla abiertamente, incluso ante sus paisanos varones. Entre ellos pueden escucharse cosas como esta:

“Suspenderlas no soluciona nada. La alimentación de hoy en día está llena de excitantes. La ablación es necesaria para controlar los deseos sexuales de la mujer”.

Cuando le pedimos que nos enseñe su instrumental, Bafla se niega. Pero su hija insiste en hacerlo. A algunos ver las consecuencias de la ablación les ha abierto los ojos.

Umu es la hija de Bafla.

“Antes no comprendía por qué la gente quería suspender las ablaciones. Ha sido siempre nuestra tradición. Yo la defendía. Pero he conocido una niña que tras la ablación sufrió una hemorragia y murió. Entonces decidi que ninguna otra niña de mi familia sería mutilada. Moriré antes de que toquen a una”.

Sata es del mismo pueblo. Fue víctima de la ablación a los cinco años.

“La ablación no es buena, me ha dado muchos problemas. Tuve mi primer hijo a los 16 años. El parto fue muy difícil. Fue como si mi cuerpo estuviera pegado. Los médicos tuvieron que ayudarme”.

Según la Organización Mundial de la Salud, entre cien y 140 millones de mujeres en el mundo viven con esta mutilación.

Para la reunión en el pueblo Kadi había preparado unos carteles contra la ablación, pero no se atrevió a sacarlos. Debe abordar la cuestión con mucha diplomacia.

Las mujeres charlan, la información circula. Pero Kadi es consciente de que harán falta muchas más sesiones como esta para que la tradición evolucione. Pone sus esperanzas en la juventud.

“El abandono de la ablación es un trabajo de generaciones. Los jóvenes son los que tomarán las decisiones en el futuro. Si se les sensibiliza sobre todas las consecuencias de esta práctica, va de suyo que los comportamientos cambiarán”.