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La paradoja Gadafi en tiempos de revuelta

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La paradoja Gadafi en tiempos de revuelta

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Las manifestaciones en Libia vuelven a poner de actualidad la “paradoja Gadafi”: sin ningún cargo oficial y por tanto, desprovisto de autoridad legal, el autoproclamado coronel Gadafi es de facto jefe del Estado y del gobierno desde hace cuatro décadas.

Cuando llega al poder, tras un golpe de Estado contra el rey Idris I en mayo del 69, Gadafi tiene 27 años y va a marcar decisivamente el futuro de Libia.

En 1977, proclama la revolución del Pueblo, cambia el nombre del país y pone en marcha comités revolucionarios en vez de partidos políticos.

41 años después, y sin haber sido elegido nunca, puesto que las elecciones están prohibidas, sigue dirigiendo este rico Estado de seis millones de habitantes.

Gadafi, que ostenta en solitario el poder Ejecutivo, prohibe toda crítica contra el régimen, que sigue al pie de la letra los principios de su Libro Verde, mezcla de islamismo y socialismo.

Al arreciar el viento de la revuelta, el régimen ha hecho algunas concesiones últimamente, como facilitar el acceso a los créditos y algunas subvenciones de bienes de primera necesidad.

Los analistas coinciden en que con el transcurso de los años, la política de Gadafi ha favorecido la mejora de las condiciones de vida de los libios y determinados avances sociales, sobre todo en lo que se refiere a las mujeres. Una ley de 1984 prohibe la poligamia, autoriza el divorcio, y aboga por el libre consentimiento en los matrimonios.

Pero Libia está marcada por el contraste entre avances socioeconómicos y regresión política. De hecho, los partidos están prohibidos, igual que los sindicatos. Las ong se toleran si comulgan con los principios de la revolución. Los comités populares, basados en la familia, constituyen la base de la sociedad.

Esa particularidad complica considerablemente las alianzas políticas y hace extremadamente difícil la organización de protestas.

Sobre todo porque el régimen no se priva de utilizar el maná petrolero para acallar a los descontentos.

Mientras Gadafi, incansable, sigue persiguiendo su sueño de fundar los Estados Unidos de África, las disensiones empiezan a dejarse sentir en la élite en el poder, especialmente entre dos de sus hijos, uno revolucionario y el otro reformista.