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Radiactividad, hambre y frío

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Radiactividad, hambre y frío

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Los habitantes de Kamaishi comienzan a pensar que se abate sobre ellos una maldición.

Esta ciudad del noreste japonés contaba, probablemente, con algunas de las mejores barreras anti-Tsunami del país. Con más de 10 metros de altura, no consiguieron parar la ola gigante.

“Me conformo con un baño y poco más. Pero sé que es mucho pedir ahora mismo. Hace mucho frio, necesitamos gasolina y keroseno”

La localidad está destrozada. Los supervientes abrumados ante la sucesión de penalidades: primero el terremoto, luego el tsunami, ahora una catástrofe nuclear en ciernes. A esto hay que añadir el hambre y el frío.

En el norte del país estas imágenes de largas colas para comprar comida o carburante son frecuentes. Las nevadas dificultan las labores de rescate, de desescombro y complican el reparto de la ayuda.

Yamagata es el punto de destino de muchos de los evacuados en la prefectura de Fukushima. Cuando llegan les espera un severo control para medir sus niveles de radiactividad y sólo después pueden acceder a los refugios improvisados.

Hay miles de personas sobreviviendo en un gimnasio y una escuela de primaria.