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Los ancianos, primeras víctimas del cataclismo

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Los ancianos, primeras víctimas del cataclismo

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En mitad de la nada, Katsuya y Masako buscan a su hermana. Tienen 73 y 67 años. Desde hace una semana deambulan como almas en pena por la desolada localidad de Rikuzentakata. Son el rostro de las grandes víctimas de este desastre: las personas mayores.

Japón es el país más envejecido del mundo. Un cuarto de su población tiene más de 65 años. La proporción era aún mayor en las pequeñas poblaciones costeras barridas por el tsunami, en las que quedaban pocos jóvenes. Como si no fuera suficiente con el desastre, esos ancianos sufren la evacuación y el traslado de unos centros de acogida a otros. Sufrimientos, que los organismos más débiles y enfermos, son incapacen de soportar.

“Algunos han pasado en centros de acogida mucho tiempo, cuatro o cinco días, y están cansados. Y aún les espera más fatiga”, dice el chófer de un autobús, que evacua a los supervivientes.

Al menos 14 ancianos perecieron tras ser trasladados desde las zonas próximas a la central nuclear de Fukushima a un gimnasio, sin agua potable, medicinas y en el que escaseaba la comida. A esa situación se suma el frío, la desorientación y la tristeza. La mayoría de los que aún siguen en el cinturón que rodea a la central son ancianos que no pueden o no quieren abandonar su hogar.