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La boda de Guillermo y Katherine, un exitoso baño de masas para la monarquía británica

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La boda de Guillermo y Katherine, un exitoso baño de masas para la monarquía británica

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Decenas de miles de personas han hecho guardia durante horas para ver pasar a los protagonistas de esta boda de cuento.

Todo ha salido en la forma y horario previstos.

El príncipe Guillermo y su hermano y padrino de boda Enrique, llegaban a la Abadía de Westminster a las once y cuarto de la mañana.

El interior de la iglesia, escenario de coronaciones y entierros de reyes ingleses desde 1066, estaba decorado con ocho árboles y cuatro toneladas de follaje.

En este campestre entorno, 1900 invitados, como el cantante Elton John gran amigo de la fallecida Diana de Gales, madre del novio, el primer ministro David Cameron o el viceprimer ministro Nick Clegg.

Junto a ellos, amigos y familiares de los contrayentes, famosos, casi cincuenta miembros de familias reales, así como representantes políticos y de Oenegé con las que el príncipe Guillermo colabora.

Tras la llegada de la reina Isabel Segunda, con un traje amarillo de Angela Kelly, y su saludo a su hijo Carlos y a la duquesa de Cornualles, el momento más esperado.

La novia, por fin, baja del Rolls Royce que la condujo a la abadía. Lleva un elegante traje color marfil de la diseñadora Sarah Burton, de la firma del fallecido Alexander McQueen. Tiene una cola de

2,7 metros y un velo de tul ceñido por una diadema de Cartier de 1936, cedida para la ocasión por la reina.

Catherine entró en el templo del brazo de su padre, Michael Middleton, al que se notaba emocionado, no menos que a su esposa, Carole. La madrina de la novia es su hermana Phillipa.

Aunque todos sonreían, el príncipe Enrique parecía ser el que mejor se lo pasaba.

“Estás preciosa”, le dice Guillermo a su novia.

Esta parte de la ceremonia fue conducida por el arzobispo de Canterbury y primado de la Iglesia Anglicana, Rowan Williams.

Los novios prometen amarse en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad.

El novio no lleva anillo. El que Guillermo coloca en el dedo de su novia, que parecía no querer entrar, es de oro procedente de una mina del País de

Gales, regalo de su abuela, la reina.

Los ya esposos y duques de Cambridge, el título nobiliario de mayor rango que la reina quiso conceder a la pareja, abandonan la abadía con los acordes de la marcha “Crown Imprerial”, “Corona imperial”, de William Walton, que también se tocó en la boda del príncipe Carlos y Diana. Les acompañan los pajes y damas de honor, de entre tres y diez años, familiares e hijos del círculo de los contrayentes.

A continuación, Guillermo y Catherine recorren el camino que los separa del palacio de Buckingham en una carroza State Landau tirada por cuatro caballos. La misma que trasladó al príncipe Carlos y a la desaparecida Diana de Gales tras su enlace hace treinta años.

Cientos de miles de personas gritan y vitorean al nuevo matrimonio. Se congregan frente a la residencia de la reina Isabel segunda para no perderse este momento: el tradicional -y en este caso algo tímido – beso en el balcón.

La familia real británica no puede estar más satisfecha. Un baño de masas en el que hasta el tiempo nublado pero no lluvioso estuvo de su parte.