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Serbia después de Mladic

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Serbia después de Mladic

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Los habitantes de este campo de refugiados en las afueras de Belgrado constituyen el crudo recordatorio de la guerra que estalló tras la disgregación de Yugoslavia a principios de los años noventa.

Huyeron de los combates en Bosnia y Croacia en 1995. Son serbobosnios y serbocroatas, llevan aquí más de quince años.

Slobodan Uzelac y su familia proceden de Kordun, Croacia. Una zona casi completamente serbia hasta la Segunda Guerra Mundial, que fue muy castigada bajo el régimen pronazi de los Ustasha.

A nadie sorprendió que Kordun se convirtiera en un importante campo de batalla entre croatas y serbios después de que Croacia declarara su independencia de Yugoslavia.

Ratko Mladic es un héroe para los serbios que viven aquí.

Para Slobodan, como a otros en este campo, la detención de Mladic pone de relieve una gran injusticia: la impunidad de los crímenes contra los serbios cometidos en Croacia y Bosnia.

“Cuando huíamos de nuestro pueblo en Kordun, trece niños fueron asesinados y nadie fue procesado por ello”, recuerda. “Una columna de soldados en el puente masacró a estos chicos de nuestro pueblo, y nadie fue nunca arrestado por ello. Nunca se ha mencionado, no ha salido en ningún periódico, nada…”

Pocos dudan de que la captura de Ratko Mladic ha dividido a este país balcánico de diez millones de habitantes.

Algunos piensan que Serbia ha tenido que soportar una injusta carga de culpa por lo sucedido en la guerra de Bosnia.

Otros mantienen que esta detención envía una clara señal de que el pasado es el pasado y de que el futuro de Serbia debe apoyarse en Occidente y en la integración en la Unión Europea.

Así lo ve Dejan Santovac, propietario de un restaurante en el corazón de Belgrado. Forma parte de una generación que se marchó de Serbia justo antes de la desintegración de Yugoslavia y el posterior conflicto.

Regresó de Moscú en 2002. Para él, la extradición de Mladic es la única forma de poder acercar su país a Europa.

“La mayor parte de quienes lo apoyaban no eran ciudadanos serbios, sino serbocroatas”, aclara Santovac. “Refugiados, gente que vivía en otros lugares de la exYugoslavia. La mayoría de los serbios de Serbia nunca entendieron esa guerra. ¿Por qué tenía que ser así? Nunca apoyaron a Mladic ni a Karadzic, aquello fue una guerra civil. Incluso aquí en el restaurante solo lo han apoyado personas no procedentes de esta parte de la exYugoslavia”.

Nemanja Djelajilija es uno de los 250.000 serbocroatas que huyeron de Croacia durante el conflicto.

Nunca regresará, pero no culpa a Mladic, el “carnicero de los Balcanes”, como muchos le llaman.

“Creo que Mladic era un hombre y un oficial honorable y que no debería haber sido arrestado”, defiende Dzelajililja. “De hecho ayudó a muchos musulmanes durante la guerra, evitando que fueran asesinados por venganza. Creo que fue un patriota honesto que sirvió a su pueblo. Procedo de la misma zona de la antigua Yugoslavia que él y me considero un patriota como él”.

Un patriota del pueblo serbio. Una opinión poco compartida aquí en Belgrado. A lo largo del siglo veinte, Serbia estuvo del lado de los aliados. Fue víctima y no autor de las atrocidades cometidas durante las dos guerras mundiales.

Para este historiador, la detención de Mladic supone elegir el camino correcto para cerrar uno de los capítulos más oscuros de la historia de Serbia.

“Mladic es una de las mayores vergüenzas de nuestra historia”, sentencia Predrag Markovic. “Tenía una gorra de oficial serbio de la Primera Guerra Mundial. En la Primera Guerra Mundial, el ejército sebio no mató a un solo prisionero. Es un hecho único y extraño. Así que realmente deshonró este uniforme. En nuestra tradición de guerras de liberación nosotros éramos las víctimas del genocidio, del holocausto. Él representa una gran mancha en nuestra historia. Hoy Srebrenica es uno de los nombres que inspira más horror en el mundo”.

Estos edificios de Belgrado fueron destruidos durante los bombardeos de la OTAN de 1999, para supuestamente detener la escalada del conflicto de Kosovo.

Sanciones. Bombardeos. Aislamiento político y económico. El precio a pagar por la política nacionalista serbia bajo el mandato de Slodoban Milosevic, llevado ante el Tribunal de La Haya en 2001. Allí murió cinco años después, antes de que acabara su juicio.

El mismo tribunal que ahora tiene en sus manos el destino de dos de sus protegidos, Radovan Karadzic y, ahora, Mladic.

El tribunal de La Haya también cuenta con sus críticos, sobre todo en los Balcanes.

Dragan Todorovic es el número dos del Partido Radical Serbio. Una formación política contraria al arresto de Mladic, además de anti-Unión Europea y anti-La Haya. Su líder lleva nueve años esperando ser juzgado por el Tribunal Internacional Para la Antigua Yugoslavia.

“Vojislav Seselj es un símbolo de la resistencia a la globalización y a la destrucción de Serbia porque lleva nueve años en La Haya”, mantiene Todorovic. “Es inocente y durante estos nueve años ha conseguido probar y mostrar que este tribunal no es más que una herramienta política. Solo hay que mirar las estadísticas: el 80% de los acusados son serbios, el 15% croatas, y menos del 5% musulmanes, albaneses o macedonios. Y en total, los serbios han sido sentenciados a mil años de cárcel”.

“El propio tribunal se encuentra en una situación muy comprometida”, dice Markovic. “Este monstruo burocrático tiene el presupuesto de un estado modesto de la región. Con el dinero que La Haya ha desperdiciado, se podía haber construido una casa para cada víctima en Bosnia. Literalmente. Si no lo cree, intente hacer números. Se ha desperdiciado tanto, tanto dinero sin ningún resultado. Yo no he llegado a la catarsis. No he logrado ese cambio de conciencia. Uno de los objetivos era reformar el clima político y los recuerdos de la gente de la zona. Y no se consiguió”.

Estos serbobosnios viven en este campo desde 1996.

Drago Dragic asegura haberlo perdido todo cuando abandonó su pueblo, Bosanski Petrovac, que forma ahora parte de la federación croata-musulmana.

Dice que las cosas no podrán nunca volver a ser lo que eran antes de la guerra. Y que la detención de Mladic no promoverá la reconciliación.

“La Segunda Guerra Mundial fue muy violenta y feroz”, comenta Drago Dragic. “La recuerdo, acabó en 1945. En 1946 éramos una nación, un pueblo. Cuando entré en el ejército, en 1952, todos respirábamos el mismo espíritu. Pero hace veinte años todo volvió a empezar. El año pasado regresé al lugar en el que vivía en Bosnia. Todavía reina allí tanto odio que no se puede hacer nada”.

Quién sabe cuánto tiempo llevará la reconciliación en los Balcanes, rezumante aún del odio generado por una guerra con más de 100.000 muertos y muchas más vidas destrozadas.