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El miedo, la otra radiación de Fukushima

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El miedo, la otra radiación de Fukushima

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Casi un año después del devastador tsunami que barrió el noreste de Japón (el domingo será el aniversario), los pescadores locales siguen
sin poder vender.

En otros sectores agrícolas ya se han levantado las prohibiciones, y los productores sólo deben lidiar contra la desconfianza de los japoneses, que sospechan que el gobierno ha elevado los niveles de radiación permitidos, para contentar a las multinacionales.

Pero en la parte superior de la cadena alimenticia, aún es demasiado pronto.

“Estamos hundidos y queremos volver al mar tan pronto como sea posible. Las preocupaciones de los consumidores nos asustan más que la propia radioactividad. Estamos ayudando con los análisis y esperamos que algún día los consumidores vuelvan a consumir nuestro delicioso pescado local”.

En Fukishima, en el Centro de Investigación de Pesca, se analizan los peces nacidos tras la catástrofe.

En abril del año pasado los niveles de cesio registrados fueron de 14.000 bequerelios por kilo, muy lejos de los 100 requeridos.

Pero los pescadores no son las únicas víctimas del mayor desastre nuclear desde Chernobyl.

Los niños de Fukushima tienen a su edad el peor de los castigos: no poder jugar al aire libre, después de pasar un invierno sin poder tocar la nieve.

“Mucha gente está preocupada con las radiaciones, especialmente, los padres. Por eso decidimos crear este parque lúdico cubierto, para que los niños puedan corretear sin problemas”

Están a 50 kilómetros de la central y aunque las mediciones no apuntan peligro, los padres no quieren sufrir mientras ven reír a sus hijos.

La radioactividad, invisible, contribuye al miedo irracional.