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Mina, el precio de la guerra

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Mina, el precio de la guerra

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“Las mujeres tienen que poder llevar armas para cambiar la sociedad si es necesario. Yo no estaba sola, había muchas mujeres luchando. Solo cogiendo armas y pagando ese precio conseguimos transformar nuestras vidas y cambiar nuestro país”.

Estas son las palabras de Mina, 26 años de edad,
soldado veterana del Ejército Popular de Liberación en Nepal.

Cuando tenía 18 años se unió a los rebeldes maoístas que lucharon contra la monarquía en 1996. El conflicto duró 10 años y se cobró la vida de 16.000 personas antes de que un acuerdo de paz fuese alcanzado en 2006 dando paso al establecimiento de una república dos años después. Desde entonces las fuerzas de la oposición recorren un largo camino hacia la reconciliación.

Mina es una de las muchas mujeres que lucharon durante la guerra. Vive desde hace cuatro años en el campo de Shaktikhor, a unos 100 kilómetros al oeste de Katmadú, la capital. En este campo unos 19.000 rebeldes esperan su rehabilitación.

Mina perdió su pierna derecha al saltar sobre una mina. Las mujeres, dice, han pagado un precio muy alto durante el conflicto.

“Las mujeres sufrieron mucho. Cuando los hombres se unieron a los maoístas sus mujeres, en los pueblos, fueron acosadas por las fuerzas de seguridad. Muchas fueron violadas y torturadas. Les arrancaron los ojos cuando todavía estaban vivas y hubo casos de mujeres quemadas vivas tras ser rociadas con queroseno. Estas cosas ocurrieron. Las mujeres han sufrido mucho en Nepal”, explica Mina.

Mina asegura haber luchado por las mujeres. Para ella, el conflicto cambió sus vidas. Empezando por la suya. A pesar de haber perdido una pierna y también a su marido durante la guerra, Mina asegura haber aprendido mucho del conflicto. En este campo ha aprendido a leer y se ha vuelto a casar.

“Las cosas han cambiado mucho para las mujeres, sobre todo para mí, yo he mejorado mucho. Cuando vivía en mi pueblo estaba siempre encerrada entre cuatro paredes, lo único que hacía era cocinar. No sabía hacer nada más. Pero ahora he aprendido muchas cosas. Sobre todo he podido estudiar. Me interesa mucho la política. También sé cortar y coser ropa. Otra cosa, la más importante para mí, es que he aprendido a manejar un arma. También he aprendido a fabricar munición y explosivos. Eso es importante para mí”, dice.

Como mucha otra gente, Mina espera que se produzcan avances en la política de rehabilitación de los rebeldes, su integración en el ejército o en las fuerzas de seguridad de Nepal.

El tiempo pasa muy despacio en el campo, donde la vida no es siempre fácil. Además de leer y de realizar algunas tareas domésticas, Mina pasa el tiempo confeccionando ropa. Gracias a ello gana algún dinero.

A pesar del alto precio que ha pagado y la incertidumbre en la que vive ahora, Mina asegura que valió la pena luchar.

“No me arrepiento de nada, mi misión era cambiar la sociedad. Las mujeres tienen que ser conscientes de que para ganar algo hay que perder algo. Sabíamos perfectamente que corríamos el riesgo de perder una parte de nuestro cuerpo o incluso la vida. Pero aún así estoy contenta de haber participado en el conflicto. Tenemos que luchar por nuestros derechos, nada está ganado de antemano. Hay que aprovechar las oportunidades. No me arrepiento de nada”, afirma.