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Hanaa Edwar, la esperanza de muchas mujeres en Irak

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Hanaa Edwar, la esperanza de muchas mujeres en Irak

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Entre la inseguridad y el marasmo económico, la sociedad iraquí sigue pagando el precio de años de opresión y guerra. Y las mujeres soportan una pesada carga. Hanaa Edwar, defensora de los Derechos Humanos, nunca ha dejado de luchar por ellos.

“Esta es la plaza Tahrir, es el corazón de Bagdad, el corazón de tantos recuerdos, de gente que lucha. En 2011, aquí hubo protestas fantásticas, de jóvenes, de gente de todas las clases sociales que se manifestaron contra el sectarismo, contra la corrupción, contra los ataques a las libertades públicas”, nos explica Hanaa.

En la calle todo el mundo conoce a esta mujer a la que nada ni nadie hará callar.

Hanaa es la protagonista de un vídeo que fue todo un éxito en Irak: Hanaa Edwar protestando contra el arresto, en 2011, de varios defensores de los Derechos Humanos frente al Primer Ministro que acusó a las organizaciones de apoyar el terrorismo.

“Después de 35 años de dictadura sangrienta en el país, lo primero que necesitamos es poder pasar de un régimen totalitario a una cultura de los Derechos Humanos y de la democracia, asegura. Este período de transición no es fácil. Y los estadounidenses han hecho además que sea un caos. Pero no han sido los únicos. Nuestros políticos tampoco son capaces de hacer lo necesario para reconstruir el país”.

La lucha de Hanaa empezó cuando era adolescente.
Estudiante de Derecho y militante del Partido Comunista, Hanaa entró a formar parte de varias organizaciones de Derechos Humanos. A los 26 años se fue a Berlín Este como representante iraquí de una organización internacional de mujeres.
Tras pasar allí diez años no pudo volver a Irak. El régimen de Sadam Hussein la forzó a exiliarse en Siria antes de unirse a la resistencia en el Kurdistán iraquí.

“Me ví obligada a irme una vez más por culpa de la guerra química de Sadam contra el movimiento de resistencia en el Kurdistán. Volví a Damasco. Tras la segunda guerra del Golfo, después de 1991, quisimos volver a organizarnos para asistir a la población. Decidimos crear una organización a la que llamamos “Asociación iraquí Al-Amal” que quiere decir “esperanza”. Queríamos ofrecer esperanza a nuestro pueblo”, explica.

Tras pasar varios años en la clandestinidad en Siria y de nuevo en el Kurdistán, Hanaa vuelve a Bagdad una semana después de la invasión estadounidense, en 2003. Hanaa establece entonces la sede de su organización. Derechos Humanos, educación, salud…la red de Al-Amal se extiende hoy por todo el país. La asociación trabaja sobre todo con mujeres golpeadas por años de dictadura, de sanciones económicas, de guerra y de violencia sectaria. La asociación les ofrece ayuda económica, jurídica y psicológica.

“Muchas de estas mujeres han sufrido mucho, han sido maltratadas por sus maridos, algunas están divorciadas. Hay algunas mujeres con minusvalías que también fueron golpeadas por sus maridos. Todas han sufrido abusos”, afirma.

Además de llevar a cabo una acción social, Hanaa no duda en atacar a los que dirigen el país.

“Nuestro presupuesto nacional está siempre dedicado a la seguridad y a la defensa, no a la seguridad social. Tenemos más de un millón de viudas, tres millones de huérfanos y un 10% de nuestra población son personas con discapacidades. También hay muchos desplazados que no tienen nada. Y, al mismo tiempo, hay mucha corrupción en el Estado. Siempre se habla de terrorismo en Irak. El terror en Irak, es una cosa, pero cuando hablamos de corrupción, esa es otra de las caras del terror”, asegura Hanaa.

El trabajo de Hanaa no atrae solo a sus amigos. Las amenazas son frecuentes, contra ella pero también contra su organización y sus miembros. Pero ella sabe que puede contar con el apoyo de su equipo y con el de las mujeres que dirigen las distintas organizaciones de Al-Amal. Todas quieren que su voz se escuche en todos los sectores de la vida pública. Para hacer cambiar, dicen, las cosas en Irak.

“Necesitamos realmente la paz, la paz, la paz.
Hace más de 40 años que no sabemos lo que nos puede pasar mañana. No podemos planear nuestro futuro. Nuestras familias no están a salvo. Tampoco nosotros, si salimos no sabemos si vamos a volver a casa. Durante tres años de violencia sectaria trabajamos mucho a pesar de todos los peligros que había a nuestro alrededor. Perdimos a algunos de nuestros mejores amigos. Perdí a amigos muy cercanos. Y eso me hace luchar con más fuerza, seguir haciendo frente a los desafíos”, explica.