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Las viudas de Najaf

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Las viudas de Najaf

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Estamos en Najaf, en Irak, una ciudad santa para los musulmanes chiíes. La Guerra dejó a su paso miles de muertos. Muchas mujeres se quedaron viudas. Veámos cómo es su día a día.

Frente al cementerio viejo de Najaf, se encuentra este recinto, dedicado a las víctimas de la revuelta de los radicales chiíes contra las tropas estadounidenses en 2004.

El fuego cruzado acabó con la vida del marido de Dijla, que trabajaba entonces como taxista. Para sobrevivir y sacar adelante a sus cuatro hijos, Dijla —que significa trigresa— ha luchado contra todo tipo de prejuicios.

Con la ayuda de la asociación iraquí al-Amal, ha montado un salón de belleza en su propio hogar, aunque no sin dificultades.

Normalmente, no usa el velo dentro de su casa, pero grabar imágenes de su rostro o de sus hijos podría comprometer años de esfuerzo.

“El simple hecho de hablar de mi salón de belleza es su problema, cuando necesito comprar productos, tengo que ir al mercado al por mayor. Y allí sólo hay hombres, no hay una zona para las mujeres. Las clientas me piden cosas y tengo la obligación de intentar conseguirlas, en lugares en los que sólo hay hombres, y en nuestra sociedad estas cosas no están bien vistas”, explica Dijla.

Además Dijla tiene que soportar la reprobación de la familia de su marido: “Me gustaría que mis hijas siguieran estudiando, pero ellos quieren que abandonen. Me han dicho que deje de trabajar, que se harían cargo de todos nosotros, pero me he negado”.

Dijla no quiere, ni mucho menos, hacer publicidad de su negocio. Sin embargo, gracias al boca a boca las cosas van bien y a Dijla le gustaría ampliar el salón: “Cada vez que doy un paso al frente, probablemente corro un riesgo, aunque yo no vea las cosas así. Es un compromiso, y es mi obstinación la que me permite seguir adelante”.

“Cuando un hombre se muere, descansa en paz. Pero entonces, las mujeres deben cargar con una enorme responsabilidad. Se quedan al cuidado de los hijos, solas para mantener a la familia. Yo no soy yo la única en esta situación”, señala.

Cuatro décadas de guerras y la violencia sectaria han dejado más de un millón de viudas en Irak. La mayoría se dan por satisfechas viendo a sus hijos crecer y pocas, muy pocas se benefician de ayudas exiguas.

No es el caso de Rashida que perdió a su marido hace ya cuatro años, en un enfrentamiento entre tribus rivales por culpa de un terreno.

Vive con sus cuatro hijos junto a sus hermanos y cuñadas. Únicamente cuenta con su ayuda y con el dinero que saca de vender hornos de arcilla para el pan a menos de cinco euros la pieza, después de días de trabajo.

“No tengo nada, como todo el mundo. Ni sueldo, ni rentas. En mi país debería tener mis derechos, pero no, no es así, nada, jamás”, dice Rashida.

Rashida no tiene ninguna ayuda del Estado.

Educada y casada de acuerdo con las tradiciones tribales, no dispone de documentos que acrediten su condición de viuda; su certificado de matrimonio se perdió cuando en 2005, tuvo que abandonar la ciudad de Mahmoudia, cercana a Bagdad, por la violencia sectaria.

Incluso ha perdido la esperanza de escolarizar a sus hijos de siete y ocho años, respectivamente: “No les quieren admitir en el colegio porque no tienen documentos. Espero que puedan estudiar y aprender una profesión como el resto de la gente. Es mejor que quedarse así, aquí. Sin escuela, no saben ni leer, ni escribir, no saben nada de esta vida. Así ¿qué interés pueden tener, por su futuro, por su vida, por nada? Quiero lo mejor para ellos, pero pienso que nada de esto se podrá convertir en realidad”.

Fiel a la memoria de su marido, del padre de sus hijos, no quiere buscar otra pareja.

Rashida responsabiliza a la guerrra de haber destrozado su vida: “La guerra es detestable. Nos ha forzado a exilio, a abandonar nuestros hogares. No somos nadie, y las consecuencias de la guerra parecen no tener fin. El Gobierno no nos deja instalarnos, construir, nos acosan y nos dicen que este lugar no nos pertenece. ¿Y por qué estamos en esta situación? Por culpa de la guerra”.

Cada cierto tiempo, Rashida va a trabajar a las fábricas de ladrillos de los alrededores, para ganar algunos dinares más.

No quiere ser una carga para sus hermanos. Todo lo que ella pide, es un trabajo digno, y vivir en paz: “Lo más importante es la estabilidad, quiero tranquilidad, ser alguien. Deseo vivir en nuestra propia casa, tener ropa, salir como hace todo el mundo, que mi vida sea algo más que la fábrica y el horno de arcilla”.

Son estos sueños sencillos y sus hijos, los que le dan la fuerza para continuar: “La fuerza de mi coraje es mi propia ignorancia. He vivido siempre en la oscuridad, he sufrido. Todo se me ha venido encima y me he visto obligada a ser como soy. Nunca me ha pasado nada bueno, siempre he tenido que hacer frente a la miseria y al hambre. Y se me han cerrado todas las puertas, así que tenía que luchar y hacer algo más. Los hombres hacen la guerra y las mujeres sufren las consecuencias. Las mujeres se quedan atrás, víctimas de su ignorancia y sufrimiento”, comenta Rashida.

Esta es precisamente la lucha de Nahida, una mujer a la que vamos a descubrir en nuestro último capítulo de ‘Women and War’ en Irak.