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"Mama Hawa" educa a los jóvenes para evitar otra generación perdida en Somalia

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"Mama Hawa" educa a los jóvenes para evitar otra generación perdida en Somalia

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Sahra Mohamed Ibrahim llegó hace tres meses al campo de Halabokhad, cerca de la ciudad de Galkayo, en Puntlandia, Somalia. Una región que acoge a muchos desplazados por la violencia y la sequía, que mata de hambre a las comunidades rurales. “Vengo de la frontera con Etiopía, críabamos animales, muchas cabras. Perdí todos mis animales por la sequía. Y además hubo una lucha de clanes. Decidimos dejar la región y buscar un lugar seguro. Y por eso vinimos aquí.”

Sahra y su familia viven de la solidaridad de los otros refugiados. Tiene todas sus esperanzas puestas en una mujer que todos conocen aquí. La única, piensa, que puede hacer cambiar su suerte.

Hawa Aden Mohamed es la salvación para muchas familias desplazadas. Como la de Asha Ali Samtar, que cuida sola de sus nueve niños y cinco sobrinos.

Ha podido abrir un pequeño comercio en el mercado del campo con un préstamo de 300 dólares, gracias a la asociación que ha creado Hawa, el Centro de Educación para la Paz y el Desarrollo de Galkayo. “El negocio va bien comparado con otros tiempos, en los que no tenía a nadie para ayudarme. Antes pedía a la gente que me ayudase con 2.000 chelines para comprar un vaso de agua. Ahora gracias a Dios puedo comprar verdura, comida, todo lo que necesito.”

Además en la asociación ha podido aprender a leer y a escribir, y escolarizar a varios de sus hijos y sobrinos.

“Mama Hawa”, así la llaman, lucha día tras día para que las mujeres puedan acceder a la educación y al desarrollo. Ha recibido el premio Nansen para los Refugiados de la ONU. “Todo lo que hay en el mercado es gratis para ellas. Y por la tarde, es obligatorio ir a clase. Es la condición que ponemos. ¿Cómo te vas a capacitar si no tienes una educación? Si no puedes entender cuál es el problema. Si eres analfabeta, tienes cebrebro, sí, puedes hablar, puedes ver lo que está mal. Pero no puedes discutir al mismo nivel. No puedes reclamar tus derechos.”

Su asociación trabaja en los veinte campamentos de desplazados de la región. Sólo hemos podido visitar el de Halabokhad, el más seguro y desarrollado.

Aunque la región de Puntlandia suele ser relativamente tranquila, es guarida de piratas y milicias armadas. Esta semana está en alerta.

Los enfrentamientos entre piratas y militares matan a varias personas durante nuestra visita, y los recientes secuestros limitan nuestros desplazamientos.

Se nos permite estar apenas unas horas en el Centro Educativo de Galkayo, en el corazón de la ciudad.

Es la asociación que creó Hawa en 1999. Refugiada en Kenia, volvió para echar una mano a las mujeres de su país. En los años 80 trabajó en el Ministerio de Educación, después fundó varias ongs de ayuda al desarrollo económico y a la educación de las mujeres. La guerra civil la obligó al exilio, en Canadá. Volvió en 1995 para instalarse en el sur de Somalia, donde se encontró con la guerra de clanes.

Desde que llegó a Galkayo, sus ideas de emancipación de las mujeres han chocado con la tradición. “Era la bruja. Traje a mujeres que no eran buenas para poner en marcha la escuela. Tenía algo distinto, ideas que no se consideran buenas ni en nuestra religión ni en nuestra cultura. Fue muy difícil. Insultaban a las chicas cuando salían de la escuela.”

A fuerza de determinación consiguieron abrir 12 escuelas primarias y secundarias para niñas en 10 años, y una para niños, un centro de alojamiento y otro de ocio, y la única biblioteca de la ciudad.

Los esfuerzos han permitido escolarizar a casi el 40 por ciento de las niñas de la región, un récord en un país en el que menos de un cuarto de la población femenina puede estudiar.

El centro ofrece también formación profesional a las mujeres que viven en el campo de desplazados. Visitamos un taller que ha transformado la vida de cientos de ellas. Fabrican lo que llaman “kits sanitarios” o “kits de dignidad”. “Es realmente un kit de dignidad. Porque cuando ves a las mujeres, sangrando… Antes de empezar la producción, dejaban las escuelas. Las mujeres no querían venir cuando tenían la menstruación. Utilizaban hojas de los árboles, periódicos. Ahora utilizan materiales adecuados que luego lavan. Esto ha cambiado mucho su vida.”

La producción de los kits, que financia la Agencia de la ONU para los refugiados, y su distribución en los campos, da además trabajo y por tanto, sustento a familias enteras, como la de Muna Hassan Mohamed. “Con el dinero que gano aquí, pago la factura de la luz, y puedo pagar la educación de mis hermanos. Y tengo dinero para cubrir mis necesidades.”

Alejado de la ciudad y de los campos, el taller da un poco de seguridad a las jóvenes, que viven, día a día, la violencia. “Antes de trabajar aquí, recogía trozos de khat, hojas de mascar, del suelo para venderlos. También recogía agua de lluvia para vender. Los hombres me robaban el poco dinero que conseguía, me lo quitaban a la fuerza, era muy peligroso. Y después de robarme me seguían de regreso a casa, me insultaban y querían violarme.”

Hay unas 3 ó 4 violaciones a la semana en Galkayo. La violencia contra la mujer, en un Estado de Derecho donde la impunidad es la ley, es un gran desafío para Hawa Aden Mohamed.

También lucha contra otra forma de violencia, en este caso, impuesta por la tradición: la mutilación genital femenina. “Tenía 6 ó 7 años. Y lo recuerdo. Recuerdo claramente lo que ocurrió. No había anestesia. Mi hermana murió por eso. Y hoy en día las niñas siguen muriendo.
En ningún sitio dice que sí, que Dios te crea y que tienes una parte mala que hay que cortar. No hay nada de eso. Se hace para oprimir la sexualidad femenina. No hay nada más.”

Lleva a cabo una campaña sin descanso en la comunidad para acabar con la ablación, que se sigue realizando al 98 por ciento de las somalíes. “Ves a todas esas niñas ahora, que ya han pasado por ello. Han sido sometidas a la ablación. Y es muy triste. ¿Por qué sigue haciéndose, años y años? Es por culpa de los hombres. Porque si el padre dijera no a su hija, y el hermano dijera no, y los jóvenes dijeran: “no, no a mi futura mujer”… acabaríamos con la ablación.”

Para cambiar la forma de pensar necesita la colaboración de los hombres, que ha sabido ganarse en Galkayo.

Y hay que empezar, dice, por las nuevas generaciones, a quienes intenta dar una esperanza para el futuro.

En estos talleres de formación, varios jóvenes nos dicen que han sido tentados por la piratería, la delincuencia, las milicias armadas, o la inmigración clandestina. Es el caso de Faysal Abdi Dubhour. “La mayoría de los jóvenes somalíes no tienen futuro. Muchos se unen a los piratas porque no tienen elección. La única forma de cambiar su vida es con la formación.”

La “reina de Galkayo”, como la conocen aquí, prepara su relevo. “Seleccionamos a chicos de la calle, mascadores de khat, indigentes. Son ellos, los chicos, los jóvenes, quienes tienen que crear la paz, deberían reunirse y trabajar juntos. Podrían seguir de la mano. Si no captamos a esa generación, a los jóvenes, tendremos otra generación perdida.”

Ha organizado estos días partidos de fútbol y de baloncesto entre jóvenes de diferentes campos de desplazados, en las instalaciones de su asociación, un lugar de encuentro.

Los encuentros deportivos, que todos ven como un camino a la paz entre clanes y comunidades enfrentadas, juegan un papel fundamental en la integración de los desplazados en la comunidad de acogida. “Eran los que robaban en la comunidad. Pero ahora, cuando les preguntamos qué quieren hacer, responden que quieren defender a sus hermanas, a sus vecinos, a sus madres. La comunidad se une. Al final del túnel, hay esperanza.”