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Los debates para las presidenciales en EE.UU

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Los debates para las presidenciales en EE.UU

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26 de septiembre de 1960. John F. Kennedy y Richard Nixon protagonizan el primer debate televisado y el resultado no pudo ser peor para el candidato republicano. Nixon aparece cansado, ojeroso, y se niega a que le maquillen.

Kennedy está relajado y se muestra cercano y jovial. La mayor parte de los 66 millones de telespectadores consideran ganador del debate a Kennedy, justo lo contrario de quienes lo siguen por radio.

Desde entonces, la forma tiene tanta importancia como el fondo.

Espectadores y comentaristas analizan con lupa el comportamiento de los candidatos ante las cámaras.

Ronald Reagan, por ejemplo, ganó debates con una sola frase, debido en gran parte a su experiencia como actor. En 1984, el demócrata Walter Mondale criticó la edad de Reagan, que acababa de cumplir 73 años, pero el candidato republicano consiguió darle la vuelta a la situación con esta frase que ha pasado a la posteridad:

Ronald Reagan. Excandidato republicano a la Casa Blanca:
“No quiero que la edad sea un tema de campaña. Me niego a explotar por motivos políticos la inexperiencia y la juventud de mi rival”

Las estrategias definidas por los equipos de los candidatos tienen una importancia creciente en los debates. En 1996, el republicano Bob Dole y el demócrata Bill Clinton celebraron dos debates. En el segundo cara a cara, Dole evitó responder a las preguntas concretas y se dedicó a poner en entredicho la ética del presidente.

Bob Dole. Excandidato republicano a la Casa Blanca:
“No hay duda de que el pueblo estadounidense ha perdido la fe en su Gobierno, porque está viendo como estallan escándalos casi cotidianamente”

Pero esa estrategia se volvió en su contra. Avalado por la buena situación económica del país, Bill Clinton que encabezaba las encuestas, se limitó a responder que los ataques no resolvían los problemas pendientes en ningún país…

En el sigo XXI no ha habido debates memorables. Siguen siendo importantes, pero los analistas están divididos sobre su influencia real en el resultado final de los comicios. En un punto, en cambio, si se muestran unánimes: un debate puede enterrar definitivamente a un candidato si comete un error garrafal.

Generalmente, el candidato que encabeza los sondeos tiene el camino expedito si se limita a estar a la defensiva y juega la carta de la prudencia. A su adversario, en cambio, le corresponde asumir los riesgos.