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Micronutrientes para acabar con la malnutrición

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Micronutrientes para acabar con la malnutrición

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Stanley tiene tres años y vive en el sur de Kenya, donde la malnutrición es común entre los más pequeños. Es uno de los participantes, junto con otros cientos de niños keniatas, en un proyecto de investigación que lucha contra la malnutrición infantil en África.

Visitamos una escuela que está realizando un experimento a la hora de la comida. Está relacionado con dos variedades de mandioca, la principal fuente de carbohidratos en África. Investigadores como Elise Talsma, nutricionista de la Universidad Wageningen, esperan poder luchar contra la malnutrición añadiendo micronutrientes a los alimentos locales básicos. “En el África subsahariana, el 70 por ciento de la dieta viene de alimentos básicos como la mandioca, el maíz, el mijo o el sorgo. Pero estos alimentos básicos no contienen muchos micronutrientes. Si pudieramos incrementar su cantidad, el impacto podría ser importante. Por ejemplo, estamos probando aquí si la gente puede obtener un poco más de Vitamina A con esta mandioca amarilla.”

La mandioca amarilla tiene mucha más vitamina A que la blanca, pero es mucho menos abundante en Kenia. Los científicos quieren saber si el consumo regular de mandioca amarilla mejora el nivel de vitamina A en los niños con malnutrición.

En la escuela Thange la cocinera, Regina Mbula, prepara la que para algunos será la última comida del día. “Las pelamos y hervimos por separado, la amarilla y la blanca, durante 45 minutos. Después añadimos el aceite, y la masa que obtenemos es puré de mandioca amarilla y blanca.”

Ambos tipos se sirven a diferentes grupos de jóvenes voluntarios, explica Ann Mueni Mutuku, ayudante en la misma escuela. “Cada niño recibe la misma cantidad de comida al día, mientras se realiza el estudio, dependiendo de su edad. Entre 375 y 400 gramos para los más pequeños y entre 425 y 450 gramos para los mayores.”

La mandioca amarilla tiene más betacaroteno, un pigmento que una vez ingerido, se transforma en vitamina A. Los investigadores creen que la mandioca amarilla puede propocionar a los niños un 50 por ciento de la vitamina A que necesitan diariamente. Ahora tienen que confirmarlo científicamente en el laboratorio, explica Talsma. “Podemos cuantificar el consumo de mandioca. Y despues ver cómo los niveles de vitamina A en la sangre aumentan en los voluntarios. De esa forma, sabemos en qué medida el betacaroteno afecta a esos niveles. Y podemos calcular cómo absorbe el cuerpo el betacaroteno de la mandioca.”

La vitamina A es sólo uno de los muchos micronutrientes que los investigadores africanos y europeos están controlando para luchar contra la malnutrición infantil en África.

A la hora de la comida, Alice Mutula, la madre de Stanley, añade a las gachas de harina de maíz una mezcla que contiene hierro. Los científicos quieren saber si ese hierro está mejorando el desarrollo cognitivo del niño. Pero Mutula lo tiene claro. “Desde que empezó el estudio le he dado a Stanley la comida con el hierro añadido. Le encanta. Y creo que gracias a eso está más activo y más sano que otros niños de su edad.”

Es exactamente lo que los investigadores están intentando evaluar. Khassim Mashobo, del Centro de Salud Kikoneni, controla las actividades diarias de Stanley hasta el más mínimo detalle. “Le acompaño durante una hora aproximadamente. Cada 20 minutos, anoto cuánto y a quién habla y la manera en que vocaliza. También su movilidad, si está sentado o de pie, o corriendo o jugando. O si está solo o con alguien más. Y también apunto sus emociones, como el enfado, la felicidad o la tristeza, y su comportamiento.”

Munaa Lila, del mismo centro, le realiza exámenes adicionales. “Medimos sus respuestas a varios estímulos, tanto visuales como auditivos. Jugamos con él a algunos juegos que conoce. Y observamos sus reacciones, su forma de reaccionar y su lenguaje gestual.”

Psicólogos especializados en desarrollo infantil comparan los datos con los de los niños que reciben dosis de hierro o placebo. Creen que las pequeñas dosis de hierro o zinc en la dieta de los niños pueden marcar una gran diferencia, como explica Penny Holding. “Estamos vigilando sus niveles de actividad, porque es lo más sensibles al hierro. Hasta qué punto son capaces de interactuar con el medio que les rodea. La teoría dice que si te comprometes más con el medio que te rodea, aprendes más y te desarrollas más rápido.”

Pero los investigadores temen que demasiado hierro pueda, de alguna manera, ser una amenaza para la salud. En esta clínica del oeste de Kenia, a cientos de pacientes se les diagnostica malaria cada año. Algunos estudios han subrayado una conexión entre la ingesta de hierro y la vulnerabilidad a padecer malaria, especialmente en las mujeres embarazadas y en los recién nacidos.

La clínica ha contratado a voluntarias para evaluar en un estudio si las dietas demasiado ricas en hierro aumentan la incidencia de la enfermedad. Ruth Aehieng Amisi es una de ellas. “Cuando estás embarazada aquí en Kenia normalmente te dan pastillas de hierro. Los científicos explican que si además estás añadiendo hierro a la comida, podría ser un problema. Así que me he ofrecido voluntaria para ayudarles a entender este problema.”

Los investigadores quieren determinar qué cantidad es la adecuada y segura para las mujeres embarazadas y sus bebés. Alimentan a las voluntarias con la harina de maíz mezclada con hierro, y después, les realizan las pruebas necesarias. El investigador Martin N. Mwangi explica sus hipótesis. “Parece que el hierro tiene un efecto en los parásitos de la malaria. Pero no sabemos hasta qué punto, si es muy fuerte o no. Es uno de nuestros objetivos. Queremos poder explicar la relación que hay entre el suplemento de hierro y la malaria. ¿Empeora la malaria? ¿O no tiene ningún efecto en ella?

Los científicos esperan las conclusiones finales convencidos de que la clave está en la dosis correcta de micronutrientes.

El siguiente reto es hacer llegar esos micronutrientes a la población del medio rural, con bajos ingresos y a menudo aislados. Inge D. Brower, coordinadora del proyecto INSTAPA de la Universidad de Wageningen, ya tiene algunas ideas. “Estamos intentando convencer a la industria de la alimentación para que haga una economía de escala. Es decir, que deberían reducir el beneficio que obtienen con un producto alimenticio, y al mismo tiempo abrirse a nuevos mercados, a personas con menos poder adquisitivo que puedan comprarlos. Al final los beneficios serían más o menos los mismos.”

Una solución, concluyen los investigadores, que podría ayudar a acabar con la malnutrición infantil en África.

http://www.instapa.org