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La precariedad atiza las tensiones en Irlanda del Norte

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La precariedad atiza las tensiones en Irlanda del Norte

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Una bandera ha sido el desencadenante de los incidentes en la provincia donde oficialmente, la paz reina desde 2007, aunque la violencia nunca ha desaparecido del todo.

La decisión de la Alcaldía de Belfast de limitar la presencia de la Union Jack en el consistorio es, para los unionistas, un auténtico sacrilegio.

Lealistas probritánicos y nacionalistas firmaron el abril del 98 un acuerdo de paz que tardó diez años en ser efectivo. Pero el desarme de las milicias no garantiza un cambio de las mentalidades: los choques entre los dos campos siguen siendo frecuentes.

Aunque el origen del conflicto se remonta a los años 60, sus raíces son más antiguas. Los tradicionales desfiles unionistas y nacionalistas conmemoran acontecimientos que se remontan a los años 20 y a la partición de la isla.

La guerra civil que comenzó en el 69 radicalizó aún más au los dos campos.

Las nuevas generaciones no han vivido esa violencia extrema, pero la división es omnipresente y los extremismos siguen ahí.

“El IRA seguirá atacando al personal al servicio de la corona, a sus instalaciones y a los intereses e infraestructuras británicos.”

También ha surgido una nueva generación de militantes nacionalistas. Los llamados Disidentes del IRA se dicen dispuestos a retomar las armas para desembarazarse de una vez por todas de los ingleses que dicen, ocupan su país.

Un círculo vicioso que mina los esfuerzos apaciguadores de británicos y norirlandeses unidos en el seno del Gobierno de Stormont entre protestantes y católicos: el primer ministro, Peter Robinson, sucesor del reverendo Paisley y Marti McGuiness ex miembro del IRA y responsable del Sinn Fein.

La policía sospecha que tras los incidentes de los últimos días se esconden organizaciones paramilitares probritánicas.

Los protestantes de Belfast no sólo ha perdido el voto sobre la bandera británica o la mayoría en el Ayuntamiento: desde hace varios años, la comunidad está en pleno declive.

Representantes de una generación perdida, los jóvenes protestantes, muchos de ellos parados, tienen la sensación de no tener nada que perder y reproducen reflejos del pasado, más por desesperación que por convicción, mientras que la mayoría de la población, sólo aspira a vivir en paz.