Última hora

Última hora

'El que entra papa, sale cardenal'

Leyendo ahora:

'El que entra papa, sale cardenal'

Tamaño de texto Aa Aa

Esta vieja cita atribuida a los conocedores de los entresijos del Vaticano pone de manifiesto que escoger a un nuevo papa no tiene nada que ver con cualquier otro proceso electoral. No hay candidatos, ni carteles, ni mensajes, nada que nos recuerde cómo va el cónclave.

Todo se desarrolla bajo el más abosluto secreto.

Una norma modificada por Pablo VI en 1970 establece en los 80 años, la edad máxima para ser papable. En esta ocasión hay dos cardenales electores menos porque cumplieron la edad reglamentaria justo tras oficializarse la renuncia del papa Benedicto XVI, el 28 de febrero pasado.

La Capilla Sixtina es el escenario de todas las deliberaciones y ningún detalle se deja al azar porque la reunión puede durar varios días. La más larga en el último siglo, fue la elección de Pío XI en 1922 cuando los cardenales necesitaron cinco días. En 2005, Benedicto XVI fue nombrado papa en dos días.

Esta es la representación gráfica del cónclave. Durante la primera jornada se realiza una única votación. En las siguientes dos, por la mañana y al atardecer, hasta que el elegido alcanza la mayoría de 2/3 necesaria para ser papa.

Hasta ahora las papeletas se quemaban en una estufa, con paja húmeda para provocar la fumata negra, y con paja bien seca para obtener la fumata blanca. En esta ocasión hay dos estufas para evitar equívocos con el color del humo.

No respetar las reglas del cónclave puede suponer la excomunión. Para evitar cualquier tentación los cardenales están ‘recluídos’ en la Casa Santa Marta, su tradicional residencia cuando visitan la Santa Sede. No hay televisión, ni radio, ni periódicos, ni teléfono, ni fijo ni móvil. Por supuesto, tuitear está prohibido durante este período.

Mientras tanto, lejos del secreto del cónclave, todos los católicos del mundo tienen su mirada puesta en la chimenea de la Capilla Sixtina para ver si la fumata es blanca o negra.

Todos esperan a que aparezca el Cardenal Protodiácono y diga: “Habemus Papam”.