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Francisco, un papa con numerosos desafíos

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Francisco, un papa con numerosos desafíos

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Dio la sorpresa al salir al balcón de la basílica de San Pedro y no solo por su nombre o por su origen argentino, ni porque no estuviera en la lista de favoritos. Sino, también, por su estilo, más propio de un sacerdote ante sus feligreses que de un pontífice romano.

La imagen de Francisco contrasta con la de Benedicto XVI. Algo que se puede comprobar con la vestimenta elegida por cada uno de ellos al pronunciar el “Urbi et Orbi”.

El mensaje del cambio parece haber llegado a su destino y los católicos le han dado una calurosa acogida.

“Me di cuenta de que ayer por la noche no llevaba la muceta roja con el armiño. Eso ya es un pequeño símbolo que muestra la ruptura con la tradición”, decía el peregrino Ivan Marsura.

El rezo de los cardenales parece haberse escuchado. Antes de encerrarse en la Capilla Sixtina, el decano del colegio cardenalicio pedía lo siguiente, en su homilía.

“Queremos implorarle al señor, que a través de la petición pastoral de los padres cardenales, conceda un nuevo pastor a la santa Iglesia”, decía Angelo Sodano.

La Iglesia católica ya tiene a su pastor. Un rebaño de 1.200 millones de fieles, que en Europa occidental va menguando.
La evangelización, la reconquista espiritual de la que fuera la fortaleza de la Iglesia romana es una prioridad y también un desafío para el papa Francisco. Sobre todo por la fuerte secularización en el viejo continente.

Pero… ¿Es esta posible sin la renovación de la Iglesia, sin una adaptación a la evolución de la sociedad? La crisis de vocaciones en Europa, el celibato de los curas, la exclusión de las mujeres del sacerdocio, la jerarquía piramidal y gerontocrática que dirige la Iglesia son tantas preguntas que, por ahora, no tienen respuesta.

Al papa Francisco le esperan otros problemas más terrenales. Deberá poner orden y claridad en el banco del Vaticano. El Instituto para las Obras de Religión tendrá que someterse a las normas de Moneyval, la agencia europea que vela por la limpieza del dinero de las entidades financieras.

Tendrá que mejorar también el gobierno de la Santa Sede y para ello armonizar las decisiones de los dicasterios, los órganos de la curia romana, como han pedido los cardenales que no forman parte de ella.