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Una turbia pesadilla para recordar a Saramago

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Una turbia pesadilla para recordar a Saramago

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La última película de Denis Villeneuve empieza con una frase: “el caos es un orden sin descifrar”. Y en ella está la advertencia implícita de que en la segunda jornada del Festival de Cine de San Sebastián habrá que desenredar la maraña que con minuciosidad teje el cineasta canadiense en su cinta más arriesgada. La historia está basada en la novela “El hombre duplicado” de José Saramago y, como con frecuencia ocurre en el particular universo del Nobel portugués, un hecho que escapa de la lógica perturba la grisácea realidad del protagonista. Es a partir de ese momento cuando se empiezan a vislumbrar las posibles consecuencias. La compleja vida de un profesor de universidad se transforma en una vorágine cuando descubre accidentalmente un doble exacto.

La problemática de los físicos idénticos fue estudiada por el también canadiense David Cronenberg en la notable “Inseparables”, junto con los dilemas que desencadenaba en las relaciones amorosas. “Enemy” transcurre en esa misma atmósfera turbia e incómoda, también deudora de la tensión más psicológica de Hitchcock. No es una película fácil pero, pese a las múltiples interpretaciones que pueda tener, existe una clave que puede cerrar muchos interrogantes. Las pistas son sutiles pero continúas y nada de lo que ocurre es fruto del azar.

Para celebrar su incorporación a Hollywood con la reciente “Prisioners”, Villeneuve se apoya en el actor con el que entró en la discutible meca del cine. Como ya hiciera en “Brokeback Mountain” o “Zodiac”, Jake Gyllenhaal, reivindica sus aptitudes y desdobla sus dotes interpretativas para formar los bordes de un puzle de infinidad de piezas. Lo logra sin hacer grandes alardes, contenido y consciente de que cualquier salida de tono puede tirar por tierra toda el trabajo previo.

El realizador no ha querido dar explicaciones sobre las metáforas de su película. Su propuesta no es un acertijo, sino un dardo emocional para descender a un subsuelo poco confortable, en el que el centro de la diana no se sitúa en el cerebro sino en las entrañas del espectador. Una propuesta tan diferente de sus grandes logros, probablemente “Polytechnique” e “Incendies”, exige también algunos cambios formales. Junto con la fotografía de un Toronto deprimido, la música sirve como catalizadora del nuevo enfoque.

Más sencillo pero también más emocional es el cine de Mariana Rondón. La venezolana siempre tiene un tono propagandístico que gustará a los que tienen la misma afinidad ideológica. Pero además le gusta aludir a la sensibilidad, para lo que, al igual que en “Postales de Leningrado”, propone la mirada de un niño. El “Pelo Malo” es el cabello que no puede domar el joven protagonista de la película y que le impide aspirar a convertirse en un gran artista de su país.

A partir de un argumento tan sencillo, la directora y artista plástica explica los miedos e inquietudes que atenazan a la clase más baja de la sociedad que conoce. Y tiene un mérito considerable ya que su comprensible discurso se establece a partir de elementos mínimos, sin estallidos ni giros dramáticos pronunciados que devaluarían su mensaje. No es tan estática como la mejicana “Aquí y allá” pero calca la búsqueda de expresividad en el detalle. Y es que es en la cotidianidad donde mejor se perciben las secuelas de las heridas más profundas.

Carlos Marlasca