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Y Alex de la Iglesia cogió su fusil

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Y Alex de la Iglesia cogió su fusil

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La Inquisición española acabó en el siglo XVII con la vida de doce mujeres en Zugarramurdi a las que se acusaba de brujería. Según la leyenda, en las cuevas del pueblo navarro durante la Edad Media las malvadas hechiceras vaticinaban los peores augurios. Alex de la Iglesia ha querido actualizar este relato en su última película. Y no hay mucho más que decir para imaginar la orgía satánica que ha engendrado el director vasco.

El bullicio que se respiraba el domingo en San Sebastián, txalaparta incluida en las proximidades de la alfombra roja, era una bagatela en comparación con lo que ocurriría en el interior del Kursaal.

Hace casi 20 años que la transgresora “El día de la bestia” desató una tormenta de halagos. Pero dos décadas después Alex de la Iglesia ya ha conseguido algo tan difícil como un sello personal y reconocible, algo que también exige que en la butaca surja algún imprevisto. En “Balada triste de trompeta” intentaba disimular su ansiedad por desbordar la película. Ahora saca toda su artillería pesada sin traje de camuflaje, aunque sus aptitudes innatas le libren del coma profundo.

Entrevista con Carmen Maura

La historia de los payasos escondía una notable originalidad en el retrato de las dos Españas y en su siguiente “La chispa de la vida” había un alegato contra el sensacionalismo mediático, independientemente de que gustaran más o menos. Pero en “Las brujas de Zugarramurdi” hay poco donde rascar bajo la superficie y si hay un discurso sobre la guerra de sexos, resulta demasiado vacuo.

Contrariamente a los deseos del realizador, los momentos más brillantes están en las secuencias menos fastuosas, exceptuando la que abre la película con un espectacular atraco en mitad de la madrileña Puerta del Sol. Con los títulos de crédito irrumpen las primeras carcajadas que alcanzan su cénit en el viaje en el que estrechan lazos Hugo Silva, Mario Casas y Jaime Ordoñez, y se prolongan en los intentos de los dos primeros de ligarse a Carolina Bang o en el primer encuentro en la taberna con una tétrica Terele Pávez.

El interés decae cuando se avecina el aquelarre de sangre, vísceras y amputaciones. Todo lo que ocurre es fácil de adivinar, pero el ritmo endiablado de Alex de la Iglesia y personajes como los de Carlos Areces y Santiago Segura evitan que haya que mirar el reloj durante las casi dos horas de metraje. Incluso Carmen Maura hace uno de sus papeles más desapercibidos, lo que evidentemente no destiñe su indiscutible premio Donostia al que añade con toda justicia la simbólica condición de ser la primera actriz española que lo recibe. El creador de obras tan loables como “La comunidad” propone un grandilocuente pasatiempo de fácil digestión y poca profundidad de campo.

Entrevista con Hugo Silva y Mario Casas

Menos artificio necesita Roger Michell para conseguir, como mínimo, el mismo efecto cómico. Desde “Venus” está empeñado en subrayar la continuidad de los instintos más allá de la madurez. En “Le Week-end” un matrimonio de Birmingham pasa un fin de semana en París, él con la libido rebosante y ella con dudas existenciales.

La película está inundada de dardos envenados que se lanzan los dos protagonistas en forma de diálogos mordaces que podría haber escrito el mejor Woody Allen. A la desternillante locuacidad de Jim Broadbent y Lindsay Duncan se suma la eficacia de Jeff Goldblum.

El guion de Hanif Kureishi, autor de la excelente novela “El Buda de los suburbios”, es corrosivo pero además juega al límite, por lo que en unas manos menos meticulosas hubiera supuesto una considerable pérdida de gracia o bien un descenso hacia la chabacanería.

El cine francés es habitualmente sinónimo de garantía. No es el caso de “Mon âme par toi guérie”. Es la historia de un curandero renegado en una pequeña localidad francesa. El buen trabajo actoral de Grégory Gadebois se va empañado por una historia que, al contrario de la de Alex de la Iglesia, busca conmover pero lo consigue con demasiada intermitencia y sin equilibrio. François Dupeyron pierde facultades respecto a “El señor Ibrahim y las flores del Corán” o “El pabellón de los oficiales” y hace una película excesivamente larga en la que tan solo se vislumbran las buenas intenciones del director.

Carlos Marlasca