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El depredador más impío irrumpe en el Zinemaldia

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El depredador más impío irrumpe en el Zinemaldia

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Al final del sobresaliente documental “Grizzly Man”, el alemán Werner Herzog mostraba la mirada perdida de los osos que habían protagonizado su historia, diluyendo cualquier atisbo de romanticismo. Aludía a la falta de compasión en sus rostros, a la ausencia de comprensión o compasión y a la hegemónica indiferencia de la naturaleza. Esos mismos ojos inertes son los que busca Manuel Martín Cuenca para recrear el sombrío mundo de un caníbal y los que exhibe Antonio de la Torre para dar vida al gélido depredador.

El cine del almeriense se caracteriza por un realismo extremo en el que no caben alardes ni ingredientes que estorben la exposición nítida del universo interno de los protagonistas. Sabe hacer algo tan difícil como dotar de significado a los silencios. En “Caníbal” da una doble vida al sastre de un pueblo granadino, tan escrupuloso a la hora de plegar sus telas y recoger sus enseres como a la de descuartizar a las víctimas que forman el único plato de su menú, siempre acompañado de un vaso de buen vino.

Hay una inevitable metáfora con la situación actual de voraces élites devorando esperanzas. Pero al contrario de lo que podría proceder si habláramos de un tahúr de Wall Street, la contención es el requisito fundamental para un Antonio de la Torre que probablemente tenga aquí su papel más difícil, sin posibilidad de reaccionar ante la dulce llamada de Olimpia Melinte.

Martín Cuenca admite que rehúye de la comercialidad. Ha eliminado las licencias que había en “La flaqueza del bolchevique” y, como es predecible, veta cualquier aproximación a una casquería. El principal hándicap de su última película es que su perseverancia en la realidad hace que un relato antropófago quede excesivamente ajeno a ella por la dificultad de empatizar, algo que si es posible en otras de sus historias aunque sean tan sórdidas como “La mitad de Oscar”.

Si en “Canibal” las elipsis funcionan y está realizada con una elegante y estética sobriedad, el inmovilismo del austriaco Götz Spielmann resulta irritante. En “October November” hay que suplicar por un contrapicado o un movimiento de cámara que contenga algo de expresividad. Adolece de los mismos problemas que la alemana “Colours in the dark”, que también se pudo ver en San Sebastián hace unos años.

Lo peor de todo es que en el relato de las dos hermanas que afrontan la decadencia de su padre, una exitosa actriz que se ha alejado de sus orígenes y otra que vive estancada en ellos, hay material en el que refugiarse. El director ha hablado de la banalidad de la muerte en nuestros días durante la rueda de prensa y su planteamiento es atractivo. Además se rodea de dos bellas protagonistas, Nora Von Waldsätten y Ursula Strauss, pero su química no puede superar el hermetismo formal. La película reflexiona sobre temas interesantes como las paradojas existenciales o el arraigo familiar, pero lo hace de una forma tan parsimoniosa que acaba exasperando.

Carlos Marlasca