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La política francesa según Bertrand Tavernier

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La política francesa según Bertrand Tavernier

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Los últimos años no han sido buenos tiempos para la política francesa. A la debacle económica global se unió la opacidad del Gobierno de Nicolas Sarkozy, con escándalos de todo tipo, desde sobres bajo la mesa de millonarias herederas hasta complejas tramas internacionales de financiación ilegal que desembocaban en sangrientos atentados. Los dirigentes públicos han respondido, al igual que en otros países, con una verborrea tan elocuente en su forma como estéril a la hora resolver los problemas de los ciudadanos. El cine francés se ha hecho eco de esa coyuntura en películas como “El ejercicio del poder” o “De Nicolas a Sarkozy”, quizá porque al norte de los Pirineos las corruptelas conservan un ápice de decoro.

Bertrand Tavernier se ha decantado por la ironía y ha escogido a uno de los políticos de mayor talla intelectual para hacer una despiadada sátira de lo que ocurre en los pasillos del poder. Según el maestro francés, y su excelsa carrera da veracidad a su hipótesis, nada más que ostentación. “Quai d’Orsay” es el nombre por el que se conoce a un muelle parisino situado en la orilla del Sena y también al ministerio de Asuntos Exteriores que entre 2002 y 2004 ocupó Dominique de Villepin.

En la adaptación cinematográfica del comic homónimo, el jefe de la diplomacia francesa no tiene reparo en encargar a un joven la elaboración de sus discursos. Thierry Lhermitte se mete de lleno en la puja por la Concha de Plata al mejor actor interpretando a Alexandre Taillard de Vorms, un personaje al estilo del James Cagney de “Uno, dos, tres” que encuentra su alter ego en el político galo. Su entrada a los despachos genera genuinos torbellinos, mientras que un séquito de diplomáticos, secretarias y burócratas exponen los asuntos que les conciernen. La respuesta, normalmente, se encuentra implícita en una frase de Heráclito.

El director francés ha explicado en rueda de prensa que no critica las decisiones que Villepin tomó y que evitaron, según asegura, muchas sangrías en el continente africano. La denuncia no versa sobre la ignorancia de los mandatarios. Ahí está el genial Neils Arestrup interpretando a un viejo zorro del gabinete, en un papel mucho más benévolo, por fin, que en anteriores películas como “Un profeta” o la siniestra “Perder la razón”. El problema para el realizador radica en la incompetencia de las altas esferas para proponer soluciones a las cuestiones que se plantean.

El guion es ingenioso y punzante, fruto también de la experiencia, y en él tienen cabida disputas con España por la pesca de la anchoa o críticas sin tapujos al neoliberalismo estadounidense o a la expansión china. Jane Birkin hace un cameo interpretando a una premio Nobel a la que el ministro no deja intervenir, una acertada estampa de nuestra realidad. Casi todo en “Quai d’Orsay” es desternillante pero un hilo argumental demasiado fino hace pensar que le sobran algunos minutos.

La ternura es el ingrediente principal con el que David Trueba ha cocinado su última película. Las intenciones son tan sinceras en “Vivir es fácil con los ojos cerrados” que los defectos se pasan por alto. Para expresar esa idea hay pocos actores tan convenientes como Javier Cámara, un tipo con el que da gusto cruzarse por cualquier calle de San Sebastián o ver la afabilidad con la que responde a espectadores y periodistas.

Su personaje está basado en un beatlemaniaco que en la España de los años 60 viajó hasta Almería para encontrarse con John Lennon durante un rodaje. En la película encarna a un profesor de inglés que recoge a dos jóvenes, víctimas de la enajenación moral del franquismo. La misma emotividad con la que los protagonistas interaccionan es la desencadenante de un sentimentalismo a veces demasiado almibarado. La inocente mirada de Francesc Colomer, el niño de “Pá Negre”, o la inmaculada sonrisa de Natalia de Molina neutralizan el minúsculo borrón y la historia deja un consistente poso que esquiva la lágrima fácil.

Carlos Marlasca