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Un mal recuerdo de David Lean

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Un mal recuerdo de David Lean

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Al aludir al imaginario común se asumen una serie de riesgos. Son imágenes de obras indelebles y al evocarlas es necesario hacerlo con cierto sentido, si se prefiere, con cierto respeto. En “El puente sobre el río Kwai” David Lean dejo una de esas historias para el recuerdo. El Ejército japonés capturaba a un grupo de soldados británicos a los que obligaba a trabajar en una infraestructura pensada para alcanzar India desde Tailandia. Además del inolvidable desafío entre Alec Guiness y Sessue Hayakawa, la célebre melodía de su banda sonora se incorporó inmediatamente al cancionero popular.

En “The Railway Man”, que ha sido mal traducida al español como “Un largo viaje”, Jonathan Teplitzki utiliza otro punto de vista del mismo episodio histórico. Está basada en la vida de Eric Lomax, un oficial británico obsesionado con los trenes que quedó marcado por las torturas sufridas en el mismo lugar al que se refirió en 1957 David Lean.

Es lo único que tienen en común las dos películas. El realizador australiano se pone al frente de su cuarto proyecto para la gran pantalla de la misma forma que un estudiante frustrado acude a un examen a mitad de curso. El relato original es tan atractivo que resulta aún más doloroso ser testigo de la desidia con la que se ha trasladado al cine. Y todo eso con la viuda de Lomax paseándose con el director por las calles de San Sebastián.

Seguramente su historia de amor fuera bastante más tórrida que de lo que se muestra en la que hasta ahora es la película más prescindible de la sección oficial. Nicole Kidman y Colin Firth han querido volver a trabajar juntos después de la experiencia, pero su relación en la primera colaboración entre ambos es una hoja en blanco. Su flechazo está escrito a toda prisa, al idilio le faltan detalles y el drama que vive ella por el secreto que esconde su marido necesita mejorar.

Ni las torturas, con la que se podría subir nota, provocan la más mínima conmoción. Hay cierto mimo en algunos de los planos, pero hasta la enésima exhibición de Colin Firth es tan superior al resto del conjunto que por momentos se hace poco creíble. A pesar de todo, el protagonismo del actor británico, muy bien acompañado por el sueco Stellan Skarsgård, y la mera exposición de los hechos ayudan a que la experiencia no sea muy deficiente.

Mucho más atractiva es la arriesgada apuesta del director mexicano Fernando Eimbcke. El primer mérito es su peculiar sello a la hora de entender el cine, como ya pudo verse en “Temporada de patos”. Sus historias se conciben a partir de un conjunto de fotografías casi inmóviles en el que se exprime cada minúsculo acontecimiento hasta formar un concepto coherente. Por hacer una analogía, lo que en pintura sugieren Rothko o Mondrian.

“Club Sandwich” es el plato preferido de una madre y su hijo adolescente en el reposado hotel donde pasan sus vacaciones. El pánico de ella al corte definitivo del cordón umbilical amenaza con cohibir la incipiente pubertad del joven. Es fácil identificarse con las vivencias que expone Eimbcke y además están contadas de una manera original y efectiva. Y sobre todo su gran éxito radica en que aparezcan sonoras carcajadas a partir de un extremo minimalismo.

Carlos Marlasca