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Kaláshnikov muere, su fusil vive

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Kaláshnikov muere, su fusil vive

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Su nombre estuvo siempre asociado a su creación, el fusil de asalto más conocido del mundo, el famoso Kaláshnikov AK-47.

Mijaíl Kaláshnikov nació en 1919 en Kuriá, en la región de Altái, fronteriza con Kazajistán. Era el decimoséptimo de 19 hermanos, cuya familia fue deportada a Siberia cuando Mijaíl tenía 11 años. Entró en la escuela de mecánicos del Ejército Rojo y luchó en la Segunda Guerrra Mundial con un carro de combate.

Tras resultar herido, en 1941 aprovechó su convalecencia para diseñar un fusil, pequeño, fiable y rápido. El Estado soviético inició su producción en serie en 1947 en esta fábrica de armamento de Ijmach, en los Urales.

Su éxito es tal que se calcula que hay más de 100 millones de AK-47 en el mundo. El mismo Kaláshnikov explicaba su secreto: “Todo lo complicado es inútil. Todo lo que es útil es simple. Esta ha sido siempre mi máxima”.

El nombre de su fusil se convirtió en la mayor imagen de marca de Rusia. Una garantía de calidad hasta el punto de que ha sido objeto de múltiples falsificaciones, de las que el ingeniero autodidacta se jactaba, como en esta visita a Hugo Chávez: “Hay países que fabrican Kaláshnikov sin licencia. Es un robo en toda regla, algo completamente ilegal”.

Kaláshnikov nunca se sintió responsable de que delincuentes y terroristas utilizasen su rifle, “de eso tienen la culpa los políticos”, decía a menudo. Sin embargo, siempre se sintió muy orgulloso de la celebridad de su fusil legendario tan apreciado por los estadounidenses en sus combates con el Vietcong, como le gustaba recordar: “Ví a soldados norteamericanos tirando sus fusiles M-16 y cogiendo los AK-47 soviéticos, pero la cosa no quedó aquí, ví lo mismo otra vez en Irak. Los M-16 no funcionan bien en determinados climas”.

Recibió todos los honores en vida, incluso con 90 años fue distinguido como Héroe de la Federación Rusa por el presidente Medvédev. No obstante, jamás cobró ni un céntimo por su creación, propiedad del Estado, y pasó sus últimos días en un modesto apartamento sin ascensor de Izhevsk, en los Urales.