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Último testimonio de Reyhaneh Jabbari antes de ser ejecutada

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Último testimonio de Reyhaneh Jabbari antes de ser ejecutada

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“El mundo me permitió vivir 19 años. Esa ominosa noche, tenían que haberme matado”.

Así comienza la carta de despedida de Reyhaneh Jabbari, ejecutada el sábado en Teherán y publicada por la oposición del país.

Es una carta dirigida a su madre, en la que la joven rechaza las acusaciones vertidas contra ella. Jabbari había sido condenada por el asesinato premeditado de un hombre en 2007. Ella dice que se estaba defendiendo de un intento de violación. Su ejecución ha sido condenada por Occidente.

Jabbari tenía 26 años. El hombre al que apuñaló era un empleado del espionaje iraní.

La grabación de esta despedida y su versión escrita han sido difundidos por el Consejo Nacional de la Resistencia Iraní.

En las últimas semanas se han incrementado las protestas de la oposición y del Irán reformista contra las agresiones a mujeres y los últimos ataques con ácido. Ello ha puesto en dificultades al presidente Hasán Rohani, considerado como aperturista.

“Querida Sholeh, hoy supe que es momento de enfrentar el Qisas (la ley de venganza del régimen iraní). Me duele que no me hayas hecho saber tu misma que había llegado a la última página del libro de mi vida. ¿No te parece que debería haberlo sabido? Sabes la pena que me da que estés triste. ¿Por qué no me diste la oportunidad de besar tu mano y la de mi padre?

El mundo me permitió vivir durante 19 años. Esa siniestra noche fui yo quien debió ser asesinada. Mi cuerpo habría sido arrojado en alguna esquina de la ciudad, y tras unos pocos días la policía te habría llevado a la oficina forense para identificar mi cuerpo y allí te habrías enterado que también había sido violada. El asesino nunca habría sido hallado pues no tenemos su riqueza ni su poder. Entonces habrías continuado tu vida en sufrimiento y vergüenza, y unos pocos años después morirías de sufrimiento y allí habría terminado todo.

Sin embargo, como un soplo maldito, los acontecimientos cambiaron. Mi cuerpo no fue desechado sino arrojado a la tumba que es la Prisión Evin y sus confinamientos solitarios, y ahora a la que parece mi tumba, la prisión de Shahr-e Ray. Pero entrégate a la fe y no te quejes. Tú sabes mejor que nadie que la muerte no es el fin de la vida.

Tú me enseñaste que vinimos al mundo a ganar experiencia y a aprender una lección, y con cada nacimiento una responsabilidad crece sobre tus hombros. Aprendí que a veces es necesario luchar. Recuerdo cuando me contaste una historia de Nietzche, el filósofo, cuando protestó a un carretero por azotar su caballo y este le propinó un azote en el rostro (en este momento se corta la grabación) y nos enseñó que por defender un valor se debe perseverar, incluso si eso significa la propia muerte.

Nos enseñaste mientras íbamos a la escuela a ser una dama frente a las querellas y las quejas. ¿Recuerdas cuando resaltabas la forma en que nos debíamos comportar? Tu experiencia fue incorrecta. Cuando este incidente ocurrió, mis enseñanzas no me ayudaron. Mi calmo comportamiento en la corte me hizo ver como una asesina a sangre fría y una criminal despiadada. No derramé ni una lágrima. No rogué. No lloré desconsoladamente pues confiaba en la justicia.

Pero se me imputó ser indiferente frente a un crimen. Ves, ni siquiera mato un mosquito y al ver cucarachas en vez de aplastarlas las movía tomándolas por las antenas. Ahora me he convertido en una asesina premeditada. Mi tratamiento a los animales fue interpretado como inclinaciones masculinas y el juez ni siquiera se molestó en analizar el hecho de que al momento del incidente tenía uñas largas y pintadas.

Qué optimista era el que esperaba justicia de parte de los jueces. Nunca se cuestionó el hecho de que mis manos no son grandes y fuertes como las de un deportista, como un boxeador. Y este país, en donde plantas tu amor hacia mí, nunca me quiso y nadie me apoyó bajo los golpes del interrogador, mientras lloraba y escuchaba los peores y más vulgares insultos. Cuando corté el último signo de belleza en mí al afeitar mi cabeza recibí una recompensa: 11 días en confinamiento solitario.

Querida Sholeh, no llores por lo que escuchas. Desde el primer día en el que un policía viejo y soltero me hirió al ver mis uñas, entendí que la belleza no es valorada en estos tiempos. La belleza física, la belleza de pensamientos y deseos, la belleza en la escritura, de los ojos y la visión e incluso la belleza de una linda voz.

Querida madre, mi ideología ha cambiado y tú no eres responsable de ello. Mis palabras no tienen fin y di todas mis pertenencias a alguien para que, cuando sea ejecutada sin tu presencia ni conocimiento, te sean entregadas. Dejé mucho material escrito como herencia.

Sin embargo, antes de mi muerte quiero algo de ti que debes darme con todas tus fuerzas y de cualquier forma que puedas. De hecho, es la única cosa que quiero de este mundo, este país y de ti. Sé que necesitas tiempo para esto. Por lo tanto te lo digo como parte de mi testamento desde ahora. Por favor no llores y escucha: quiero que vayas a la corte y les lleves esta petición. No puedo escribir una carta desde el interior de la prisión pues no sería aprobada por el director, así que una vez más deberás sufrir por mi culpa. Es la única cosa que pido que hagas así tengas que rogar, a pesar de que te he dicho muchas veces que no ruegues para salvarme de la ejecución.

Mi querida madre, querida Sholeh, a quien quiero más que a mi vida: no quiero pudrirme bajo tierra. No quiero que mis ojos o mi joven corazón se conviertan en polvo. Pide que se arregle todo para que tras ser ahorcada mi corazón, riñones, ojo, huesos y cualquier cosa que pueda ser trasplantada, me sea removida y se le dé a alguien que lo necesite. No quiero que el receptor sepa mi nombre, me haga una ofrenda o siquiera rece por mí. Te lo digo desde lo más profundo de mi corazón que no quiero una tumba para que vengas, me llores y sufras. No quiero que vistas de negro por mí. Haz tu mejor esfuerzo en olvidar mis días de dificultad. Entrégame al viento para que me lleve.

El mundo no nos amó. No quiso mi suerte. Y ahora me rindo ante ello y acepto la muerte. Porque en la corte de Dios yo cargaré contra los inspectores, contra el inspector Shamlou. Yo cargaré contra el juez, y los jueces de la Corte Suprema que me golpearon mientras estaba despierta y no tuvieron reparos en acosarme. En la corte del creador cargaré contra el Dr. Farvandi, contra Qassem Shabani y contra todos los que por ignorancia o con sus mentiras me hicieron mal, vulneraron mis derechos y no prestaron atención al hecho de que a veces la realidad es diferente a lo aparente.

Querida Sholeh de tierno corazón, en el otro mundo seremos tú y yo quienes acusaremos y otros los que serán acusados. Veremos lo que Dios quiere. Quisiera abrazarte hasta morir. Te amo,

Reyhaneh

1 de abril del 2014”