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Bujará y el arte del comercio


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Bujará y el arte del comercio

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La Ruta de la Seda era una encrucijada de filosofías, tradiciones, religiones, y sobre todo de mercancías. Bujará era una de las ciudades más ricas con un importante caravasar. Entre los siglos XVI y XX contaba con cincuenta bazares y setenta y cinco posadas.

Bujará se ha desarrollado en torno al comercio. Sus cuatro bazares cubiertos con cúpulas nos dan una idea de cómo influyó el comercio en el desarrollo urbano.

Tras quedar bajo la sombra de la Samarcanda de Tamerlán, Bujará tuvo una segunda vida en el siglo XVI.

Imaginemos, con la ayuda del arquitecto , concluye Klitshev Zoircho, aquel enorme mercado medieval…

“La ciudad tenía once puertas que llevaban hacia el centro, allí construyeron un cruce de pasajes comerciales, los llamamos Tok. Eran como mercados cubiertos. Las calles adyacentes estaban cubiertas con toldos para facilitar el comercio”.

El corazón comercial de la ciudad bulliciosa serpenteaba por las calles cubiertas entre puestos, zocos y mercadillos formando uno de los más coloridos y cosmopolitas mercados del mundo islámico.

“El cruce principal estaba cubierto por una cúpula central. Después había otras de menor tamaño que cubrían las calles más pequeñas. Estas construcciones monumentales indicaban y protegían los cruces y los intercambios comerciales y podían permanecer durante mucho tiempo”.

Entrar en una posada oriental o caravasar es toda una experiencia. Apenas una decena ha sobrevivido al paso del tiempo. Este antiguo albergue está en el centro y se llama Ayoz, ha sido recientemente restaurado y todavía está cerrado al público.

“Las posadas para caravanas proporcionaban alojamiento, pero eran también el lugar donde se realizaban operaciones mayoristas, señala el arquitecto Klitshev Zoircho. Había grandes almacenes para guardar las mercancías, y los bienes se vendían al por mayor para su posterior venta al por menor en las calles.”

“Los caravasares forman parte del patrimonio cultural. Tal vez no son tan sofisticados como los edificios religiosos, pues estaban destinados a un uso civil, sin embargo tienen gran importancia histórica.”

Los bazares de Uzbekistán están rodeados de esa atmósfera especial donde el tiempo parece haberse detenido. Algunos se conservan tal y como se los encontró el viajero italiano Marco Polo.

Las alfombras de Bujará representan con formas geométricas doce antiguas tribus locales en intensos tonos rojos.

Sabina Burkhanova que lleva un negocio familiar que dura desde hace siete generaciones nos explica por qué:

“Las alfombras de Bujará son rojas porque en tiempos del Zoroastrismo, la religión más extendida en Asia Central antes de la llegada del Islam, los creyentes solían invocar al fuego y al sol en sus rezos, y de rodillas sobre la albombra podían imaginar el fuego.”

Unas veinte jóvenes aprenden aquí cada mañana cómo se tejen las alfombras según una técnica milenaria. Un trabajo que puede llevar meses y hasta años, dependiendo del tamaño de la alfombra, de su diseño y del número de nudos por centímetro cuadrado.

“Durante dos semanas aprenden a hacer los nudos, porque para hacer el nudo hay que hacer ocho movimientos diferentes con los dedos, explica Sabina Burkhanova. Y después, convertirse en maestras depende de ellas, de su talento, rapidez e inteligencia.’‘

“Tardé dos semanas en aprender a tejer y me llevó tres años ser experta, pero todavía tengo mucho que aprender, nos confiesa Rano Ibragimova.”

Más allá de las rutas turísticas, Bujará sigue conservando el encanto de las calles antiguas en las que es fácil perder el rumbo y la noción del tiempo…

“Nos despedirnos de los bazares de Bujará para dirigirnos hacia la remota ciudad de Jiva. Será en el tercer y último episodio de Uzbekistán Life”.

Un reportaje de Monica Pinna.

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