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Trump, el pararrayos republicano

Hay veces en que la frontalidad y los excesos de un candidato le hacen la campaña al contrario. El aspirante a la candidatura republicana a la

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Trump, el pararrayos republicano

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Hay veces en que la frontalidad y los excesos de un candidato le hacen la campaña al contrario. El aspirante a la candidatura republicana a la Presidencia de Estados Unidos Donald Trump ha resultado ser el mejor aliado de su contrincante Jeb Bush. Bush ya no necesita esconder su apellido en los carteles a esos pocos que votan con memoria tras un Jeb de amiguete, ahora basta con pasar a segundo plano, callar eso es muy importante para él y dejar que Trump embista en la vida pública tratando a su entorno como si fueran empleados a los que no considera. Ganando amigos.

El empresario de éxito tiende a pensar que es capaz de desplazar su ámbito de actuación eficazmente a la política con los mismos recursos y métodos. Y a veces lo hace. Los resultados son asunto diferente. Berlusconi en Italia es el ejemplo neto. Pero la inoportunidad de Berlusconi se combinaba con la habilidad de lograr apoyos cuando necesitaba sumar confianza a su favor.

Trump sin embargo ha saltado a la carrera por la candidatura republicana con el tono de quien predica una fe y la arrogancia de quien presume de decir un “ahora voy a cantar las verdades”.

Y cada una de sus verdades ha resultado ser una bomba de vacío en el corazon de su potencial electorado. Eso de llamar a los inmigrantes mexicanos “violadores, narcotraficantes, criminales” no solo le granjea la enemiga hispana sino que tampoco le asegura el apoyo público del corazón más conservador del partido. Es un mensaje lanzado al sector de ultraderecha del Partido Republicano y a las milicias antiinmigración que patrullan la frontera con México para literalmente, cazar inmigrantes. Y en ese nicho sigue su labor.

Por eso propone levantar un “gran muro” entre México y Estados Unidos y además que sea México quien lo pague. El terreno de actuación de Trump es el sector más derechista de su partido. Y ahí y solo ahí hace campaña. Por eso se plantó el jueves 23 de julio en Laredo con representantes de la Patrulla Fronteriza, para seguir un plan de campaña que parte de que toda rectificación le quita fuerza. Es su apuesta. Y la juega a fondo: “Creo que deberíamos boicotear a México, honestamente, nos están tratando muy, muy mal”.

Trump como generador de insultos y reacciones airadas ha resultado ser un pararrayos para cubrir e incluso acicalar a sus rivales republicanos, especialmente a Bush. Mientras, sus interlocutores pasan a ser líderes locales que apoyan milicias antiinmigración o, para denostarle, el narcotraficante Joaquín Guzmán, El Chapo, que en un tweet cómico-tabernario le amenaza con los males del infierno.

Algo que ha permitido que los contrincantes de Trump, simplemente por reprobarle, adquieran ya una capa de serenidad y respetabilidad que les llega por contraste. Trump consigue pasar a primer plano con sus soflamas, gana cancha pero para provocar un rechazo que se expresa en boicots activos de personas, instituciones y grupos cívicos. ¿Cuando y cuanto sirve la provocación para ganar votos? Parece que en este campo, como en otros de sus negocios fallidos anteriores a Trump no le salen las cuentas. Mientras, Jeb Bush, espera.