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Hiroshima y Nagasaki: secuelas de por vida

El 6 y el 9 de agosto de 1945 dos bombas atómicas, Little Boy y Fat Man, arrasaron las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. En cuestión de

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Hiroshima y Nagasaki: secuelas de por vida

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El 6 y el 9 de agosto de 1945 dos bombas atómicas, Little Boy y Fat Man, arrasaron las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki. En cuestión de segundos, mataron a más de 200.000 personas e hirieron a decenas de miles más.

Los que sobrevivieron fueron bautizados con el nombre de “hibakusha”. Y aunque no perdieron la vida, su existencia quedó marcada para siempre.

Sumiteru Taniguchi tenía 16 años cuando cayó la bomba de Nagasaki. En el momento de la explosión iba en bicicleta.

“La onda expansiva me lanzó al suelo y mi espalda ardió instantáneamente”, recuerda. “Sentí que el suelo se movía y creí que iba a morir. Cuando todo se calmó, me di cuenta de que la piel de mi brazo izquierdo, desde el hombro hasta la punta de mis dedos, se había hecho pedazos. No sentía el dolor. Me llevé la mano a la espalda y me di cuenta de que no tenía camisa y que lo que alcanzaba a tocar era una superficie viscosa. Mi bicicleta era un amasijo de hierros”.

Setenta años después de la catástrofe, los hospitales de la Cruz Roja todavía siguen tratando a miles de “hibakusha”. Cada día, los médicos descubren nuevos vínculos entre la radiación y enfermedades mortales.

“Hasta ahora”, explica el doctor Masao Tomonaga, “creíamos que no había relación directa entre la exposición a la radiación y las enfermedades de los vasos sanguíneos. Pero a medida que los pacientes se hacen mayores, muchos acaban sufriendo ataques cardiacos o anginas de pecho. Nuestro estudio muestra un claro vínculo entre la radiación y las enfermedades de los vasos sanguíneos”.

La mayoría de los supervivientes han pasado años en el hospital. Y además de los evidentes daños físicos, todos sufren terribles secuelas psicológicas.

“La mayor parte eran niños cuando explotó la bomba atómica”, apunta Tomonaga. “Y desde entonces no han tenido un sólo día de paz. Desde los diez años, han crecido pensando en los efectos que la radiación tendría en el futuro. Pensando que antes o después serían diagnosticados de cáncer o leucemia. Y lo peor es que nadie podía decirles que su sufrimiento iba a terminar”.

Las bombas nucleares actuales son diez veces más potentes que las que arrasaron Japón. De ahí los esfuerzos para evitar la proliferación de armamento nuclear. Sin embargo, la diplomacia se siente incapaz. La última Conferencia para abordar este asunto celebrada en la sede de Naciones Unidas el pasado 27 de abril terminó como comenzó; sin ningún avance concreto.