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El día a día de los habitantes de Crimea

Últimamente cuesta escuchar las voces de los habitantes de Crimea.Desde que Rusia anexionó la península, al menos 20.000 personas han huido al no

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El día a día de los habitantes de Crimea

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Últimamente cuesta escuchar las voces de los habitantes de Crimea.Desde que Rusia anexionó la península, al menos 20.000 personas han huido al no querer convertirse en rusos.

Pero algunos todavía están dispuestos a explicar en qué condiciones viven. Katya es una de ellas. Nos recibe en su clase diaria de dibujo que imparte en su casa. Se queja de que las cosas van un poco peor desde que Crimea se convirtió en parte de Rusia.

Gana unos 120 euros al mes como profesora de dibujo. Desde su punto de vista, existe una distancia generacional entre los que apoyan a Ucrania y los que se sienten rusos. Su amigo Kostya, un profesor de inglés que vive en Kiev pero nació en Yalta, prefiere hablar de la paradoja económica de la anexión.

“Mi padre nació antes de la II Guerra Mundial. Cuando Crimea fue entregada a la República de Ucrania, entonces dentro de la Unión Soviética, no le gustó nada. Ha vivido toda su vida soñando con la reunificación con la ‘madre patria rusa’. Lo primero que hizo cuando llegué después del referéndum fue abrazarme con mucha felicidad y decirme: ‘al final sucedió’. Por decirlo de otra forma: él era ruso y al final fue reconocido como ruso. Yo le respondí que lo mismo que él sintió cuando Crimea fue entregada a Ucrania, he sentido yo ahora”, decía Katya.

“Al principio todo el mundo estaba muy contento porque nos prometieron sueldos más altos y pensiones más elevadas. Mucha gente, sobre todo los jubilados, fue comprada así. Los pensionistas querían tener el mismo nivel de vida que en Rusia. Por lo que sé, les subieron los sueldos pero un par de meses después pasó algo un poco extraño. Los precios aumentaron y la gente cada vez tiene menos poder adquisitivo. Me cuesta imaginar cómo pueden vivir con estos precios”, añadía Kostya.

En el paseo marítimo de Alushta pasean algunos turistas. La mayoría de ellos vienen de Rusia. Crimea ha perdido en un año al menos tres millones de visitantes, la mitad de los que venían cuando la península pertenecía a Ucrania.

Nos encontramos con Olga, que vende los cuadros que pinta su marido en una pequeña tienda.

En su apartamento nos acompaña su marido Anatoly. Es originario de Ucrania pero prefiere que Crimea forme parte de Rusia.

“Soy pintor y lo que he observado a través de estos años es que muchas personas vinieron aquí y pudieron permitirse el viaje. Gente normal, no solo ricos”, apuntaba Anatoly Ustimenko.

“¿Votó usted en el referéndum?”

“No pude porque no estaba empadronado en Crimea. Estaba registrado en Poltava pero tanto yo como mi mujer participamos en todas las manifestaciones”, respondía Anatoly.

“Bajo el Gobierno ucraniano me hubieran dado la pensión a los 59 o 60 años. Tengo 55 y ya me la han dado. Cuando esto era Ucrania dependíamos del sueldo de mi hijo mayor que eran unos 45 euros. No era suficiente para nosotros. Mi hijo menor, Pasha, también nos ayudaba. Solía trabajar como cámara en Kiev. Necesitábamos su ayuda porque sin su dinero no podíamos comprar la comida ni las medicinas. Cuando nos convertimos en rusos, a mi hijo mayor le dieron otro sueldo. Fue una alegría enorme. Era perfecto pero después los precios subieron, es cierto. Pero su sueldo también subió y ahora representa entre 10.000 y 15.000 rublos, entre 130 y 200 euros”, decía Tanya Kogut.

En el piso de al lado vive la familia Gorbanyov. Gennady, el padre, es marinero, un capitán retirado de la marina mercante.

“Yo nací en Leningrado, lo que ahora es San Petersburgo. Nos mudamos aquí a comienzos de los 70 con mis padres. Siempre nos hemos interesado en nuestras raíces. Mantenemos nuestro árbol genealógico para pasárselo a nuestros hijos y nietos. Aquí está clavada una simbólica cruz de San Jorge y aquí está mi abuelo. Era suboficial de caballería en la primera guerra imperial. Desde 1975 he dedicado toda mi vida al mar, durante 45 años. Siempre he estado vinculado al mar y sigo trabajando como capitán. Superaremos todas las adversidades. Lo más importante es que hemos vuelto a Rusia. Las comunicaciones no están terminadas y hasta que el puente no esté acabado seguiremos teniendo dificultades. Lo que está claro es que con mi pensión ucraniana no podía llenar el depósito de mi coche y ahora puedo hacerlo hasta cuatro veces”, comentaba Gennady Gorbanyov.

En el trayecto entre Simferópol y Kerch se ven las obras de ampliación de la autopista principal. Una infraestructura clave para conectar Crimea con Rusia. La ciudad de Kerch está situada en la entrada del mar de Azov. Es la parte más oriental de Crimea y su puerto es el paso más rápido de mercancías hacia y desde Rusia.

Los ferris están siempre llenos así que a Rusia se le ocurrió el ambicioso plan de construir un puente. Las expectativas son altas, al igual que sus costes. Muchos vecinos, sobre todo los prorrusos, creen que una vez el puente esté acabado, los precios bajarán.

La mayoría de los tártaros de Crimea se oponen a la nueva administración. Según varias organizaciones pro derechos humanos independientes, las fuerzas de seguridad rusas les persiguen y 19 jóvenes de esta comunidad han desaparecido después de la anexión. Hemos podido hablar con uno de sus portavoces.

“Una de las principales características de la mentalidad de los rusos es el aguante. Con aguantar un poco es suficiente. Todo lo demás llegará con el tiempo. No hay ni un solo proyecto que esté acabado. Ni siquiera los colegios. Están construyendo infraestructura militar y carreteras pero no se puede decir que Rusia se esté ocupando de la población de Crimea. Es una mentira y hay que dejarlo claro”, denunciaba Ali Özembash.

Las empresas y organizaciones occidentales se han marchado de la península a causa del limbo legal que ha generado la anexión y muchos de sus empleados se han quedado sin trabajo.

“Antes trabajaba para un proyecto de asistencia técnica internacional. Durante más de 10 años y después del referéndum cerraron porque según la legislación rusa este tipo de proyectos no pueden hacerse en su territorio. Así que el mío cerró”, decía Yevghenya.

¿Y que está haciendo ahora?

“Soy tu fixer”.

Yevghenya no trabaja mucho como fixer e intérprete para periodistas extranjeros que vienen a Crimea. No es algo habitual. Las empresas extranjeras se marcharon por las restricciones que impone la legislación rusa y por los obstáculos financieros generados por las sanciones internacionales. La península y sus habitantes están cada vez más aislados.