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El terror de los yihadistas del Dáesh marca 2015

Implacables, los yihadistas del Dáesh han tejido su red a lo largo del año. Tanto en Irak como en Siria, el territorio en sus manos se ha extendido

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El terror de los yihadistas del Dáesh marca 2015

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Implacables, los yihadistas del Dáesh han tejido su red a lo largo del año. Tanto en Irak como en Siria, el territorio en sus manos se ha extendido como una mancha de aceite, condenando a miles de sirios al exilio. Pero también han sembrado el terror más allá de esas fronteras.

2015 comenzó con un electrochoc a escala planetaria. Fue el 7 de enero en París. Poco antes del mediodía, los hermanos Chérif y Saïd Kouachi irrumpieron en el edificio que albergaba la sede del semanario satírico Charlie Hebdo con fusiles de asalto y acabaron con la vida de 11 personas, la mayoría, legendarios caricaturistas de la redacción. Dos días más tarde, es un supermercado kosher también en París tuvo lugar una toma de rehenes coordinada que acabó con la vida de cuatro personas. El mundo reconfortó al país traumatizado: el 11 de enero, multitud de líderes extranjeros se dieron cita en las calles de París para condenar el terrorismo. “Je suis Charlie” se convirtió en un emblema mundial. Los supervivientes de los atentados en la sede del semanario publicaron su número mas difícil: el de después de la masacre.

En Kobane, en el norte de Siria, los peshmergas siguieron plantando cara a los yihadistas de Dáesh. La ciudad fue escenario de sangrientos combates durante meses. En enero, con el apoyo de las fuerzas aéreas de la coalición, los combatientes kurdos lograron expulsar a los yihadistas.

A lo largo del año, el Dáesh no ha dado tregua. Los ataques contra Occidente y contra sus enemigos declarados fueron una constante en Siria e Irak, en forma de secuestros y ejecuciones despiadadas. Y todos ellos con sus correspondientes dosis de propaganda y puestas en escena macabras grabadas con medios profesionales.

Los atentados también sembraron el terror en Libia, Dinamarca y El Yémen, donde atacaron varias mezquitas y causaron numerosas víctimas mortales. Y en Túnez. El 18 de marzo a las 12h30 de la mañana, dos terroristas armados con kalashnikovs, granadas y cinturones de explosivos intentaron entrar en el Parlamento tunecino. Al no conseguirlo se dirigieron al Museo del Bardó, en pleno centro de la ciudad, dispararon a los turistas y tomaron varios rehenes antes del asalto de las fuerzas del orden. Murieron 24 personas, 21 de ellas, turistas extranjeros.

A 200km de Damasco, los yihadistas se hicieron con el control de Palmira, un tesoro arqueológico. Clasificada Patrimonio Mundial de la UNESCO, Palmira sirvió a los yihadistas de decorado para la puesta en escena de la ejecución de una veintena de presos. Después destruyeron gran parte de la ciudad. Pulverizaron estatuas, tumbas, y templos que habían sobrevivido centenares de años.

La llegada de la primavera no mejoró las cosas. Abril, mayo y junio fiueron meses sangrientos con la multiplicación de los ataques en Libia, Egipto, El Yémen, Arabia Saudi, Turquía, Afganistán y de nuevo…Túnez. Una vez más, los extranjeros fueron blanco de los ataques del Dáesh. El 26 de junio en Port El Kantaoui, cerca de Susa, un terrorista desembarcó en la playa de un hotel con un arma oculta en su sombrilla. Con ella atacó a los turistas que estaban en sus tumbonas y en la piscina. En total mató a 38 personas.

Una carnicería como la que tuvo lugar un día antes en Kobane, donde el respiro duró sólo unos meses. Los yihadistas no tenían intención de renunciar al símbolo de la lucha contra el Dáesh. El 25 de junio, un comando terrorista logró infiltrarse en la ciudad y mató a 250 civiles. El “Estalingrado de Oriente Medio” como se le llama ahora, fue recuperada posteriormente por combatientes kurdos, pero el balance fue, una vez más, escalofriante.

A partir de entonces, las víctimas de esa guerra interminable empezaron a huir masivamente decididos a entrar en Europa. La crisis migratoria dió un vuelco. Por las costas griegas o por la ruta de los Balcanes, centenares de miles de refugiados llamaron a la puerta del Viejo Continente, que desbordado, intentó controlar el flujo a golpe de alambradas de espino y de muros.

Fue necesaria una imagen en la que todas los adjetivos se quedan cortos para que los dirigentes políticos intentaran encontrar soluciones políticas y logísticas: la del cuerpo sin vida de Aylan, un niño de tres años que huyó de Kobane con sus padres y terminó su travesía ese dos de septiembre en la orilla de una playa turca. La imagen dió la vuelta al mundo y volvió a impulsar el debate sobre la acogida de refugiados y se empezó a hablar de la cuestión de las cuotas.

Y de nuevo, la unidad europea brilló por su ausencia. Hungría fue la primera en desmarcarse claramente. Tras la construcción de un muro que recordaba horas sombrías, el país decidió cerrar su frontera con Serbia.

El macabro rosario de atentados continuó en verano y principios de otoño, al igual que la guerra en Siria y las llegadas de refugiados. En Octobre, dos sucesos conmocionaron especialmente a la opinión pública. Uno tuvo lugar en Ankara, pero también Egipto y Rusia vivieron el horror en primera persona. El 10 de octubre, cerca de la estación de Ankara, un grupo de pacifistas protestaban contra la reanudación de las hostilidades entre el gobierno y los rebeldes del PKK. Minutos después de las diez de la mañana explotó una primera bomba. La segunda detonación se produjo pocos segundos después. Ciento dos personas murieron y 500 resultaron heridas. Fue el peor ataque terrorista perpetrado en suelo turco.

Pocos días después, se batió otro triste récord cuando un avión ruso se estrelló en el Sinaí el 31 de octubre con 217 pasajeros y 7 miembros de la tripulación a bordo. El vuelo cubría el trayecto Sharm el Sheik-San Petersburgo. El Dáesh se atribuyó la autoría del atentado.

¿Se convirtió Rusia en blanco del Dáesh por su entrada en la guerra siria? lo que es seguro es que a principios de octubre, a petición oficial de Bachar al Asad, Putin envió aviones de combate contra objetivos que el régimen de Damasco clasificó como “terroristas”. La oposición siria denunció ataques en zonas donde no había yihadistas.
A finales de noviembre, más de 1.500 personas habían muerto, entre ellas, 400 civiles. En la denominación de “daños colaterales” cabe también el éxodo de los refugiados hacia Europa, civiles atrapados en una guerra donde las partes beligerantes aumentan sin parar, ya no en busca de una vida mejor, sino luchando por sobrevivir.
La llegada de refugiados se aceleró a finales de año. En Europa, pasada la emoción inicial, los países comenzaron a blindar sus fronteras.

Casualidad o estrategia deliberada, el año termina de la misma forma que comenzó. El 12 de noviembre, Beirut quedó inmersa en el caos y el horror. Esta vez en el punto de mira de los yihadistas estaba Hizbulá, que apoya el ejército sirio contra el grupo Estado islámico. Dos atentados casi simultáneos en el barrio de Bourj el-Barajneh en calles comerciales y en hora punta dejaron 43 muertos y 239 heridos.

Pero al día siguiente, otro drama eclipsó estos atentados a ojos occidentales.
Un nuevo drama sacudió los cimientos de París. El 13 de noviembre, un viernes como cualquier otro pasadas las nueve de la noche, una serie de atentados simultáneos sembraron la muerte en diversos puntos de la capital francesa. Los ataques dejaron 130 muertos, más de 350 heridos y un país profundamente traumatizado y mudo. La voz de los refugiados en cambio no dejó de pedir socorro a finales de año…pero muchas peticiones de auxilio quedaron sin respuesta. 2015 tampoco ha dado soluciones para acabar con la guerra en Siria ni con los yihadistas del Dáesh.