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Hoy es Brexit, ¿y mañana qué?

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Hoy es Brexit, ¿y mañana qué?

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No fue una sorpresa que los dirigentes de los 27 países miembros de la Unión Europea cedieran ante las pretensiones del primer ministro británico David Cameron. Durante días, tanto los jefes de Estado y de Gobierno como los dos máximos responsables del Consejo europeo y de la Comisión, Donald Tusk y Jean-Claude Juncker, fueron preparando a la opinión pública para la rendición.

Los argumentos para ceder siempre giraron en torno a lo mismo: la gran importancia de las relaciones comerciales, económicas y financieras entre el Reino Unido y la Unión Europea. Parece que para la mayoría de las empresas, y en especial las radicadas del otro lado del canal de la Mancha, el acceso directo al gigantesco mercado de mas de 500 millones de consumidores europeos, es una razón de mucho peso para hacer todo lo posible por guardar a los británicos dentro de la Unión, plegándose a sus intereses.

También se dijo, por ejemplo, que para el sector turístico español sería una gran pérdida si se produce el temido Brexit, ya que los británicos que visitan España representan el 25% de esta importante industria. Así sin mas, parece razonable, pero ¿realmente dejarían de ir los británicos a tomar el sol y a divertirse en España si este verano decidieran en referendum marcharse de la UE? Nada mas incierto, puesto que ¿qué cambiaría para ellos? Seguirían teniendo la misma moneda, la libra, diferente al euro, y seguirían teniendo que mostrar el pasaporte para entrar y salir de su país, como ahora.

Hay razones de otra naturaleza que también se han puesto en la balanza para inclinarla del lado de la rendición. El Reino Unido es miembro del Consejo de Seguridad de la ONU, tiene la bomba atómica y un importante ejército fundamental para la defensa de Europa. De nuevo el argumento parece razonable, y seguro que lo es. Sin embargo hace décadas que la Unión Europea es incapaz de construir una política de defensa común. Sin entrar en los motivos de por qué esto es así, seguramente los intereses nacionales tienen algo que ver, lo que sí está a la vista de todos son las consecuencias de esta desunión en materia de defensa: una UE débil, léase impotente, ante los avances de Rusia en Ucrania y Siria, y de los ejércitos yihadistas al otro lado del Mediterráneo y en el Africa subsahariana.

La City de Londres también ha pesado, y parece ser que mucho, en la balanza de la capitulación. Los argumentos siguen siendo oscuros e incomprensibles para la ciudadanía-contribuyente medianamente informada, que sigue esperando que se cumplan las promesas de que se iban a corregir los excesos de los mercados financieros, que los dirigentes de la UE le hicieron allá por el año 2008 cuando estalló la crisis de las subprimes y puso en jaque a la banca europea. De momento lo único que parece cierto es que los 27 se comprometieron a garantizar que no perjudicarán los intereses de la City, es decir del sector financiero que tanto reporta al PIB británico.

No es reprochable que David Camerón peleara por obtener sus «reformas» de la UE, aunque es legítimo sospechar que las razones por las que se lanzó a esta cruzada son lo que se suele llamar de «consumo interno». Lo que sí es reprochable es que 27 mandatarios de otros tantos países hayan traicionado sin apenas rechistar no ya principios fundamentales de la Unión Europea, sino los intereses de sus ciudadanos.

Los ciudadanos de la UE, los grandes ausentes de los argumentos de la lamentable negociación. Una vez mas.

Llama la atención que Gobiernos como los de Polonia o Hungría, que tanto predican defender los intereses nacionales de sus respectivos pueblos hayan callado. También sorprende que Grecia, gobernada por la izquierda de la izquierda, no se haya alzado en la defensa de los trabajadores emigrados. Y ¿qué decir del silencio del de España? Mudo y escudado detrás del «gobierno en funciones» ha vuelto a abandonar a su suerte a los miles de jovenes profesionales que se han ido empujados por el paro.
Preocupa que esta generación de mandatarios europeos desande el camino andado por sus predecesores con tanta ligereza. Quizá el Parlamento europeo y la Justicia europea reparen parte del daño, pero preocupa la factura que semejante capitulación puede costar a los europeos.