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La dura lección de los ataques yihadistas de Bruselas.

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La dura lección de los ataques yihadistas de Bruselas.

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130 muertos el 13 de noviembre en París y 32 muertos el 22 de marzo en Bruselas, es el terrible precio que hemos pagado para que al fin salga a la luz pública lo que muchas personas vienen avisando desde hace ya algunos años. Los dos épisodios dramáticos provocados por el terrorismo yihadista han ido revelando, a lo largo de los útimos días, las conexiones entre los autores de los mismos, las cuales irremediablemente conducen a Bélgica.

La investigación policial confirma que los terroristas se mueven por Europa sin trabas, pero no sólo eso, sino que entran y salen de la supuesta fortaleza europea con facilidad. La detención en Italia de Djamal Eddine Oulai, muestra la extensión de la trama, ya que este era el falsificador de los documentos de identidad que permitieron al artificiero y kamikaze de Zaventem, Najim Laachroui; a Salah Abdeslam, presunto responsable logístico de los ataques de París; y a Mohamed Belkaid, muerto durante un registro policial el 15 de marzo en Forest, Bruselas, pasar un control en la frontera austrohúngara el 9 de septiembre de 2015.

Pero lo que resulta mas inquietante es saber que en algunos casos los yihadistas han viajado a Siria y vuelto a Bélgica para atentar sin que las autoridades se hayan percatado del peligro a pesar de las advertencias de sus familiares. Ese ha sido el caso de Najim Laachroui, el joven belga se fue a Siria en febrero de 2013 para unirse a Dáesh. Después de una llamada telefónica suya, sus padres habían avisado a la policía sin obtener ninguna reacción de su parte, según ha contado ahora su hermando Mourad.

Este caso pone el dedo en la llaga, que es la indefensión de los padres y madres de estos jóvenes ante el proselitismo agresivo y de tipo sectario de los reclutadores. Reda Kriket, el hombre detenido el jueves en Francia donde planeaba un atentado, forma parte del grupo de reclutas captados por el predicador bruselense Jalid Zerkani. En su lista figuran Najim Laachroui, los hermanos Salah y Brahim Abdeslam –uno de los kamikazes de París- y Abdelhamid Abaaoud, considerado el organizador de los ataques de París.

La justicia belga pide 12 años de carcel para Zerkani, al que considera el mayor reclutador de yihadistas en Bélgica, muchos de los cuales ha enviado a Siria. Zerkani niega la acusación, pero las pesquisas policiales han revelado que Bélgica, en términos proporcionales, es el mayor proveedor de «combatientes extranjeros» en Siria.

Y de los perfiles de los reclutas ahora conocidos destaca el que muchos son antiguos delicuentes de derecho común, como Ibrahim el Bakraoui, que se hizo explotar en el aeropuerto, o los hermanos Abdeslam, excamellos reconvertidos al yihadismo.

El perfil de los reclutados no es el de jóvenes píos, cuya fé les llevó a la radicalización. Este dato es un indicador de que no se puede abordar la lucha contra el yihadismo como si se tratara de un fenónemo de índole religiosa, como tantas veces se ha insistido.

Lo que hay enfrente son reclutadores con técnicas de proselitismo sectario que detectan a los jóvenes susceptibles de caer en sus redes.

Y labran en un terreno bien abonado: un 40% de paro entre los jóvenes musulmanes en la rica Bélgica no puede ser mas que el resultado de la marginación y el racismo que la sociedad belga no ha querido ver al relegar a una parte de su población a barrios en los que el 80% de los habitantes son musulmanes, como ocurre en Molenbeek.

Una ceguera que raya en la negación cuando los alcaldes de los ayuntamientos de los que salen los yihadistas insisten en que el problema no es peor allí que en otros sitios.

No ver la realidad de frente significa dejar que los reclutadores sigan cosechando sin que nadie les moleste, significa dejar indefensas a sus eventuales presas y torcer la mirada a las familias que ven como pierden a sus hijos ante la indiferencia de las autoridades.

Es la dura lección de la que ya nadie se puede sustraer, impuesta por los atentados de Paris y ahora de Bruselas.