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2016: la batalla contra Dáesh

17 de octubre de 2016: comienza la ofensiva para expulsar a Dáesh de Mosul, su feudo en Irak.

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2016: la batalla contra Dáesh

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17 de octubre de 2016: comienza la ofensiva para expulsar a Dáesh de Mosul, su feudo en Irak. Minuciosamente preparada durante meses, las fuerzas pro-gubernamentales se apostan por fin a las afueras de la ciudad.
Cien mil combatientes, peshmergas kurdos, milicias chiíes Hashid Shaabi, milicias tribales suníes, efectivos del ejército iraquí y las fuerzas especiales contra el terrorismo, se lanzan a la batalla de mayor envergadura en Irak desde la invasión estadounidense en 2003.

Mosúl es una plaza estratégica para la derrota del califato que Dáesh autoproclamó en la ciudad en 2014. La estrategia bélica es rodearla: por el norte los peshmergas, por el este las fuerzas especiales, por el sur el ejército y por el oeste las milicias Hashid Shaabi.
Al desplegarse al oeste de Mosul, las milicias chiíes cortan la huída de los yihadistas hacia Raqqa, su fortaleza en Siria. Los milicianos de Hashid Shaabi luchan alrededor de la ciudad de Tal Afar, pero se mantienen alejados de Mosul, de mayoría suní.
Ese cerco también corta la huída de Mosul de los civiles, lo que obliga a las fuerzas gubernamentales a avanzar con mayor lentitud y a renunciar a los bombardeos aéreos y a la artillería pesada.

Con armas ligeras, las fuerzas especiales peinan los barrios del este de Mosul casa por casa. Rodeados y sin opción, miles de yihadistas mueren matando. Utilizan los túneles surcados en la ciudad para los ataques suicidas. Las fuerzas especiales levantan barricadas con excavadoras para impedir los atentados con coches bomba.

Cerca de un millón de personas quedan atrapadas en el fuego cruzado; obligadas a encerrarse mientras el ejército acordona sus barrios para limpiarlos de yihadistas. Ocho semanas después del comienzo de la ofensiva, 90.000 habitantes de Mosul tuvieron que huir de sus casas, según la ONU.

Con el invierno en ciernes, la situación de los civiles empeora; falta combustible, mantas, comida. En muchas ocasiones, la distribución de víveres se transforma en un caos regido por la ley del más fuerte, como explica Hussam Abdulhadi, residente en Mosul:
“No hay suficiente ayuda humanitaria para todos. Si la gente no tuviese hambre, no se precipitaría así, pero todos tienen hambre, están cansados.”

Antes de llegar a Mosul, las fuerzas progubernamentales arrebataron a Daesh otras posiciones clave, como la ciudad petrolera de Qayara. Pero antes, los yihadistas prendieron fuego a 18 pozos petrolíferos para que el espeso humo negro entorpeciera los bombardeos de la coalición.

En noviembre, el ejército iraquí entra en la ciudad de Nimrud, en la orilla oriental del Tigris, a 30 kilómetros al sureste de Mosul.
En manos de Dáesh durante dos años, el 70% de los restos de la antigua ciudad asiria, una de las principales de la antigua Mesopotamia, sufrieron la furia destructiva de los yihadistas.

Del otro lado de la frontera, en Siria, las ruinas grecorromanas de Palmira sufren a su vez los embates de Dáesh. Estas imágenes se rodaron en marzo, cuando el ejército sirio, con la ayuda de Rusia, retomó el control de la ciudad homónima. Pero el 10 de diciembre, los yihadistas atacan por sorpresa a las fuerzas de Bachar al Asad y de Rusia, activas en otros frentes en Siria, y reconquistan Palmira. En pleno desierto y rodeada de montañas, la ciudad es difícil de defender, lo que permite a los yihadistas retomarla aunque en ese momento tienen dos frentes abiertos: el de Mosul en Irak y el de Raqqa, su feudo en el norte de Siria.

A principios de noviembre, las fuerzas Democráticas de Siria, una coalición árabe-kurda apoyada por Estados Unidos, pone en marcha una ofensiva para recuperar Raqqa y expulsar a Dáesh de su capital de facto.