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Turquía 2016: el año de Erdogan


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Turquía 2016: el año de Erdogan

Un presidente a la cabecera de su país, al servicio de la nación, como el 11 de diciembre, cuando Turquía sufrió el decimo séptimo atentado del año. Recep Tayyip Erdogan quiere pasar así a la historia. De lo que no cabe duda es de que en todos los frentes, el jefe del Estado, apodado el “sultán”, ha marcado 2016 con su huella indeleble. La imagen del año es sin duda la del presidente arengando a sus compatriotas desde su móvil. Lo nunca visto.

Madrugada del 15 de julio: los tanques invaden las calles de Estambul y de Ankara. El misterioso Consejo de la paz en el país, una facción del ejército turco, asegura haber tomado el control de la nación para reinstaurar la democracia. Es entonces cuando los turcos ven esta imagen en la televisión:
Recep Tayyip Erdogan, presidente de Turquía: “Insto a nuestra gente, a todo el mundo, a que tome las calles, las plazas, el aeropuerto, que hagan todo para defender la nación. Que venga ese grupo minoritario con sus tanques y artillería y hagan lo que quieran con el pueblo. Nunca he creído en un poder mayor que el poder del pueblo y eso no va a cambiar ahora.”

Un llamamiento a la resistencia, casi al sacrificio, digno de un gurú, que sus partidarios escuchan. Inmediatamente cientos de personas se echan a la calle y desafían a los tanques. Tras dos horas de caos e incertidumbre y un balance de 290 muertos, el golpe de Estado se da por desactivado.

Erdogan, objeto de los rumores más disparatados, como que se había exiliado en Alemania, vuelve triunfante a Estambul y promete castigar a los golpistas. La multitud encolerizada ya había linchado a muchos de ellos.
Más de 8.500 militares, es decir, el 1.5% de los efectivos, habrían participado en el golpe, calificado de “mal preparado” y “obra de incapaces”.
Inmediatamente después, el presidente pasa de las amenazas a los hechos y abre la veda contra los denominados “rebeldes”. Las detenciones se encadenan. Las fuerzas del orden detienen a cerca de 8.800 militares, entre ellos cerca de 200 generales y almirantes.

Y fue solo el comienzo. Con una popularidad del 68%, el indiscutible número uno del país consideró que sus compatriotas le habían dado un cheque en blanco para perseguir a sus detractores. El golpe de Estado marcó un giro espectacular en la gestión del país con consecuencias más allá de las fronteras turcas.

La purga que lanzó el régimen en los meses posteriores al golpe fue de tal magnitud, que muchos creen que el puch fue instigado por el propio presidente para aumentar sus poderes y facilitar la limpia de opositores. Y la lista es larga: jueces, profesores, policías, políticos, periodistas. Más de 110.000 personas fueron apartadas de sus puestos y 36.000 encarceladas.

Cuando la comunidad internacional empezó a alarmarse por la deriva autoritaria y las relaciones con Turquía empezaron a complicarse, Ankara tensó aún más la cuerda al pedir a Estados Unidos en repetidas ocasiones la extradición de Fetullah Gülen, intelectual y teólogo de gran influencia. Erdogan acusó desde el principio a su ex aliado y posteriormente enemigo, de ser el instigador del golpe.

Las detenciones prosiguieron en noviembre. El día 11, cuando bajaba del avión procedente de Alemania, el director del diario Cumhuriyet, el periódico opositor más antiguo de Turquía, fue detenido a su vez. Dieciséis reporteros del periódico corrieron la misma suerte. Cientos de manifestantes se echaron a la calle. Para los occidentales, con su ataque contra la prensa Erdogan franqueó la línea roja.

Europa levantó las espadas. Los eurodiputados votaron a finales de noviembre la congelación del ya tocado proceso de adhesión de Turquía a la UE. La respuesta de Erdogan llegó en forma de amenaza utilizando la crisis migratoria. Recep Tayyip Erdogan, presidente de Turquía: “Empiecen a preguntarse lo que harán si Turquía abre sus puertas. Mírenme bien, porque si van más lejos, las fronteras se abrirán.”

Siguiendo su línea de hacer y deshacer alianzas al ritmo de los acontecimientos, “el Sultán” decidió estrechar lazos con Rusia. Una reconciliación muy mediatizada que le obliga a jugar en Siria la carta de Moscú. Ahora, el principal desafío para el presidente es mantener a los kurdos bajo control.

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Repaso No Comment 2016: vértigo