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Otra vez el sueño cumplido. Ese cóctel de esfuerzo y voluntad que ha vuelto a preparar Rafael Nadal lo sirve en la Copa de los Mosqueteros a bordo de un barco que navega por el Sena frente a la Torre Eiffel. Una estampa ya clásica que culmina su décimo triunfo en un torneo que le dedicará un busto en sus nuevas instalaciones para sellar la comunión entre el tenista y el público francés. Nadal no entiende ni de mitos ni de estadísticas, pero sí que nota que la gente arropa ya sus triunfos. Todo el resto queda atrás. Ha pasado por encima de sus detractores. Si en el tenis mundial hay una leyenda, esa la encarna Nadal.

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