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Los intermediarios encarecen el coste de los trabajadores desplazados

En los viñedos de Touraine, en el corazón de Francia, en plena vendimia hay nuevos elementos que se añaden a una vieja tradición europea.

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Los intermediarios encarecen el coste de los trabajadores desplazados

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En los viñedos de Touraine, en el corazón de Francia, en plena vendimia hay nuevos elementos que se añaden a una vieja tradición europea.

Mladen viene aquí desde Bulgaria hace ya varios años con su mujer y su hija. Después de tres semanas de vendimia se quedarán para hacer otros trabajos en la viña.

La familia está entre los doce trabajadores desplazados que ha contratado Jacky Blot, a través de una agencia de empleo búlgara para completar su equipo de vendimiadores, un centenar en total.

Una solución ineludible, asegura el viticultor, para preservar una tradición de vendimia manual y asegurar la calidad de sus vinos: “Hay mil barriles en la bodega, hay trescientas mil botellas a la espera del momento exacto del embotellado. Dos días antes es muy pronto, dos días después es muy tarde. Es absolutamente necesario cortar la uva en su momento.
Lo difícil es conseguir los suficientes vendimiadores en cada parcela en el momento adecuado.
Nuestro oficio es un oficio difícil, un trabajo duro, una tarea que es difícil. Nos damos cuenta de que cada año tenemos más dificultades para formar equipos solo del lugar y que tenemos que ir a buscarlos un poco más lejos”.

El recurso a los trabajadores desplazados está sin embargo limitado por su coste, más alto que el de los trabajadores franceses.

Blot le pone cifras: “Pago 18 euros la hora a esta agencia de empleo cuando el salario de un viticultor francés con todo incluído no llega a los 13 euros, lo que hace 40 euros por vendimiador al día. Tengo 12, con lo que son 500 euros de más por día trabajado por los búlgaros. Hago cuentas y tengo contrapartidas, la ventaja de la continuidad del trabajo”.

Este otro viticultor tambien ha recurrido en el pasado a los servicios de una agencia de empleo temporal búlgara.
Hasta ahora.

Además de un equipo de gitanos que emplea desde hace tiempo para actividades estacionales ha hechos contratos fijos a dos empleados búlgaros.

Anatoli Todorov llegó a la viña como trabajador desplazado hace siete años: “Aquí cobro mil doscientos euros al mes, seis veces más que en Bulgaria, hay una diferencia”.

Una diferencia esencial también para su empleador.

Quiere ante todo fidelizar un personal difícil de encontrar en el pueblo para así asegurar la continuidad del pequeño viñedo y la bodega familiar.
Se indigna por las prácticas de algunos intermediarios.

Brunet conoce los detalles: “En el sistema de trabajadores desplazados, hay una retención de quien organiza los contratos, otra del encargado de las comidas, otra del responsable del alojamiento, que no siempre es de buena calidad. Después le retienen parte de su nómina para cotizar a la seguridad social y al seguro de desempleo en Bulgaria o Rumanía, cosa que rara vez es verdad. Es una forma de esclavitud moderna que me molesta. Así que quiero que mis trabajadores estén amparados por la legislación francesa y que las cosas estén tan claras para ellos como para mí “

A pocos kilómetros de aquí tenemos una cita con la alcaldesa de Saint-Martin le Beau Angélique Delahaye, eurodiputada, dirige una importante empresa de jardinería.

Ha recurrido a trabajadores extranjeros con frecuencia dada la inexistencia de mano de obra en el pueblo.

Precisó a euronews que “Los trabajadores desplazados desde la ampliación europea, los que vienen principalmente de los países del Este, provienen de zonas rurales y aún tienen esos hábitos de trabajo y están más inclinados a aceptar este tipo de tareas. Considero que el verdadero problema es la falta de control en los Estados miembros. Y ni la Comisión ni el Parlamento actúan, puesto que corresponde a cada Estado miembro organizar los controles de las directivas que incorpora a su legislación.
Así que si en Francia hay personas que defraudan, hay que comprobar los hechos y sancionarlos. Tan fácil como eso”.

Vamos al encuentro de un grupo de temporeros que trabajan regularmente para la empresa.

Uno de ellos pasó por una trama de intermediarios corruptos. Tropezó tiempo atrás con una agencia de empleo temporal búlgara más que dudosa: “Tuve problemas con la paga, con las horas trabajadas, los contratos, la seguridad social. Ya lo he denunciado en la inspección de trabajo. De un total de ocho meses solo cotizaron a la seguridad social tres; por los otros cinco meses, nada, han sido trabajo en negro”.

Nos vemos con Anatoli y su familia en la granja que alquila a su empleador. Los abusos a los trabajadores desplazados de los países del este de Europa son para él agua pasada. Tan solo un mal recuerdo.

Su objetivo ahora es encontrar trabajo para su mujer Petya, ahora en el paro tras varios contratos temporales. Su sueño es comprar una casa en la que poder vivir con su hijo, llegado a Francia hace un año.
Todorov recuerda lso comienzos: “Mi hijo tenía dos años y medio cuando vine a trabajar a Francia por primera vez. Cuando volví a Bulgaria me dijo que quería otro padre porque a mí, ni me reconocía. Mientras crecía, durante ocho años, yo estuve aquí y él en Bulgaria. Si me hago una casa en Francia tendré un sitio propio y así podré ampliar mi familia … ya veremos.